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Por Eduardo López Betancourt
Prácticas habituales
Han causado gran expectación las facultades que otorga la nueva Ley de Investigación e Inteligencia a diversas autoridades. Tanto en el ámbito de la seguridad como en el de procuración de justicia, ahora se permite solicitar la geolocalización de personas sin supuestamente contar con una orden judicial.
Los estados, en general, persisten en la conducta de indagar y controlar a los ciudadanos. En la práctica, ni siquiera requieren autorización alguna; lo hacen de forma premeditada, de tal manera que todos nos encontramos inermes ante lo que constituye un auténtico espionaje.
Intervenir llamadas, violar correspondencia y no se diga espiar, se ha convertido en una práctica habitual. Tal es el nivel de intromisión, que incluso las propias autoridades dirigentes han sido víctimas de estas intervenciones, al menos telefónicas.
A fin de cuentas, la libertad (y menos aún la confidencialidad) parece ya no existir. Somos víctimas constantes de atentados contra nuestra vida privada.
El problema es que esta norma en materia de telecomunicaciones otorga al poder ejecutivo atribuciones prácticamente ilimitadas. Esto abre la puerta para que tanto los mandos en áreas de seguridad pública como los de procuración de justicia actúen, en el futuro, sin restricción alguna.
Se ha señalado que las empresas de telefonía están obligadas a proporcionar información sobre la localización en tiempo real, así como sobre los mensajes intercambiados en plataformas como WhatsApp, Instagram, X (antes Twitter) y Facebook. Esto incluye también los registros de compras realizadas en plataformas como Amazon o Mercado Libre.
Esta problemática no es nueva: la privacidad se aleja cada vez más de nuestro entorno. Nos enfrentamos a una época en la que la información de nuestras vidas está bajo control absoluto del aparato estatal.
Parte de este proceso incluye el uso de la CURP con datos biométricos, lo que garantiza que nadie pueda evitar estar sujeto a una vigilancia permanente, incluso sobre actividades que aparenten ser irrelevantes.
Nuevos tiempos, nuevas angustias y un temor fundado del que, lamentablemente, nadie está exento.