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Por Ceci Vadillo
En los últimos años, rentar una vivienda se ha convertido en una pesadilla para las y los chilangos.
Que si tienes perro, hijos o no cuentas con un aval con propiedad en la CDMX. Hasta tu orientación sexual puede ser motivo de discriminación. Y cuando por fin encuentras departamento, llegan las investigaciones, pólizas jurídicas, depósitos y anticipos. Requisitos interminables para acceder a un hogar.
Todo para que, un año después, te anuncien un aumento desproporcionado y te pongan frente a una disyuntiva brutal: o pagas o te vas.
Se recomienda destinar no más del 30% de los ingresos a la vivienda, pero para miles de familias capitalinas eso es imposible. Trabajamos sin parar para pagar la renta, mientras la gentrificación y la especulación inmobiliaria nos expulsan de las colonias donde hemos construido nuestra vida.
No es un problema exclusivo de la CDMX. De Nueva York a Barcelona, la crisis de vivienda rompe comunidades y vuelve inaccesibles barrios enteros. Por eso, la iniciativa de Ley de Rentas Justas presentada por la Jefa de Gobierno, Clara Brugada, es un paso para poner reglas donde durante demasiado tiempo han prevalecido abusos.
La propuesta busca limitar los aumentos anuales a la inflación, incluso cuando cambie la persona inquilina; crear una Defensoría de las Relaciones Inquilinarias; frena cobros y requisitos excesivos; combate la discriminación por tener hijos, mascotas u orientación sexual, y evitar desalojos violentos.
En pocas palabras: que rentar deje de parecerse a la ley de la selva y se convierta en una relación con derechos y obligaciones claras.
Hace poco, la diputada panista América Rangel hizo una declaración en la que comparó los departamentos con tacos. Su comparación revela dos visiones de ciudad: una que trata la vivienda como una mercancía más y otra que la reconoce como un derecho humano.
Aquí creemos que tenemos que avanzar en que nadie viva sin techo, porque una vivienda es un espacio de desarrollo, comunidad, familia y bienestar.
La Ciudad de México necesita crecer, construir y generar inversión, pero también garantizar que sus habitantes puedan permanecer en ella. Porque una ciudad verdaderamente justa no es aquella en la que solamente podemos trabajar, sino aquella en la que también podemos vivir, construir y disfrutar.
Y ese derecho no debe estar en renta.