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Dolorosa despedida

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Una pausa que no termina

Por Eduardo López Betancourt

Manteníamos un rito sin necesidad de agendarlo; su oficina estaba a media cuadra de mi casa y al menos una vez al mes desayunábamos juntos, sin terceros, formalidades, ni prisas; éramos él y yo. En aquella mesa se fue construyendo una amistad que no precisaba demostraciones. Su último mensaje fue breve:

“QUERIDO EDUARDO ME ENCUENTRO FUERA DE CIRCULACIÓN POR UNAS SEMANAS. DESPUÉS TE BUSCO. ABRAZO AFECTUOSO.”

Hay despedidas estruendosas que no dicen nada y otras que, en unas cuantas líneas lo expresan todo; la suya pertenece a este grupo, no por lo que anuncia, sino por la estima y aprecio que encierra cada enunciado. Primero me llamó «querido»; no es una palabra que se utilice a la ligera, menos aún, si alguien atraviesa circunstancias difíciles; fue una manera de reconocer nuestra cercanía y decirme que formaba parte de su vida. Posteriormente informó que estaría «fuera de circulación»; con dignidad y delicadeza comunicó que solicitaba retirarse; no desapareció sin explicación, tuvo la atención de avisar a quien compartía con él tan gratos desayunos, y más, excelentes eventos.

Pero lo más conmovedor es cuando señala: «Después te busco», no dijo que yo lo realizara, se reservó la iniciativa del reencuentro, como si también quisiera hacerse cargo del siguiente gesto cordial. ¡Qué modo tan generoso de manifestar cariño! Y finalmente concluye: «Abrazo afectuoso». No fue una simple cortesía, más bien una forma de aproximarse y permanecer presente, incluso a la distancia. Cuauhtémoc no se despidió con quejas ni reproches, lo hizo con ternura, dejando abierta una puerta y advirtiendo su regreso.

Hoy, la mesa donde tantas veces conversamos quedó vacía; sin embargo, yo estaré aquí, en el mismo sitio, aferrado a su promesa. No considero que haya sido un adiós, sino una pausa que todavía deseo termine.

Después me buscas Cuauhtémoc, yo te espero.

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