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Lula derrota a los bots

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Por Sabina Berman

En X y otras redes conversan presidentes, periodistas, celebridades y ciudadanos.

Y ejércitos de cuentas falsas.

Máquinas disfrazadas de ciudadanos. Operadores que administran decenas de identidades. Fábricas que producen la apariencia de una multitud.

Su negocio: hacer pasar una mentira por opinión pública.

¿Qué tan nocivos son los bots y las mentiras?

En Chile, durante la campaña presidencial, circularon videos adulterados para instalar la idea de que Evelyn Matthei padecía Alzheimer.

Una enfermedad inventada ocupó el lugar de la discusión política. La candidata tuvo que defender su salud en lugar de explicar sus propuestas.

Matthei perdió. Kast ganó.

En Argentina, durante la elección de 2023, circularon imágenes y videos manipulados para presentar a Sergio Massa como consumidor de cocaína. También se propagaron acusaciones infundadas de fraude electoral.

Massa perdió. Milei ganó.

¿Podemos afirmar que los bulos y los bots decidieron esas elecciones?

No.

Pero su operación está documentada y sabemos que sin ellos los resultados de las urnas hubieran sido distintos.

Brasil ofreció una respuesta distinta a la mentira.

En la reciente elección, el equipo de Lula decidió disputar el terreno digital. Entendió que una propuesta que no llega al elector es una propuesta políticamente inexistente.

Después de la primera vuelta, el diputado André Janones convirtió un canal de WhatsApp en un centro de movilización. Lo llamó el Ejército de Lula. Reunió a casi once millones de seguidores.

Desde ahí repartía tareas.

Compartir este video. Difundir esta información. Impulsar esta etiqueta. Invitar a alguien más. Salir de los grupos donde todos piensan lo mismo. Llegar al indeciso. Llegar al que había decidido no votar.

Cada seguidor podía convertirse en un punto de distribución.

Y había que aprender a dejar de trabajar gratis para el adversario.

Porque eso hace muchas veces el ciudadano indignado: trabaja para quien lo insulta. Responde a una mentira y la difunde. Comenta una provocación y le regala alcance. Comparte una calumnia para condenarla y consigue que la lean otras mil personas.

La máquina cobra también con nuestra rabia.

La instrucción fue dejar de alimentar las publicaciones del adversario y concentrarse en distribuir los mensajes propios.

El ciudadano dejó de limitarse a mirar la pantalla. Empezó a intervenir.

Hubo además una disputa con las plataformas.

La campaña de Lula denunció ante la justicia electoral restricciones de Meta —dueña de Facebook, Instagram y WhatsApp— que perjudicaban sus publicaciones. También señaló un trato desigual en sus herramientas de inteligencia artificial.

Meta reconoció errores técnicos, aunque hipócritamente negó lo obvio: que favorecía al adversario.

Entonces los adversarios de Lula contraatacaron: denunciaron que aquella movilización contra los bulos y los bots utilizaba robots.

Y acá ocurrió algo revelador.

Ante un requerimiento de la justicia electoral, X examinó aproximadamente 476 mil cuentas que habían participado en las etiquetas investigadas. Informó que alrededor del 97 por ciento no mostraba señales de automatización ni de operación mediante perfiles falsos.

Google tampoco encontró indicios de tráfico automatizado en las búsquedas examinadas.

Había coordinación. Había instrucciones. Había una movilización enorme.

Y, según los informes de esas empresas, la inmensa mayoría eran personas reales. Ciudadanos organizados.

Lula ganó las elecciones. Bolsonaro y sus bots y bulos la perdieron.

Deténgase el lector, la lectora, a considerarlo.

La democracia está siendo atacada en el lugar donde los ciudadanos se informan y conversan. Quien consigue falsificar esa conversación interviene en la decisión electoral antes de que se abra la primera casilla.

Por eso no basta con pedirle al ciudadano que sea más cuidadoso.

Hay que exigir responsabilidades a quien fabrica la mentira, a quien paga su distribución y a quien vende los mecanismos para multiplicarla.

Y por fin, hay que prohibir las granjas de bots, los bulos y la alteración maliciosa de los algoritmos de las plataformas.

Que nadie se escandalice: se trata de prohibir la mentira.

Igual que se prohíben las boletas electorales falsas, los billetes falsos y las medicinas falsas.

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