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Por Lengua Larga
En Miguel Hidalgo, la política ya parece antro de mala muerte: Mauricio Tabe, el edil panista y eterno rival de Víctor Hugo Romo, entra hasta la zona VIP, mientras a los morenistas les hacen el feo en la puerta. Y eso que se supone que juegan en el mismo equipo. ¡Qué manera tan peculiar de entender la transformación: abrazar al rival y mandar a los propios a terapia de rechazo!
Romo soltó la pedrada contra Thania Solís, a quien reprochó invitar al alcalde a los eventos de Clara Brugada, pero dejar fuera a diputados que ganaron elecciones, fundaron Morena y tienen representación popular, según él. Dicho en cristiano: para el panista sí hay silla, sonrisa y posiblemente hasta cafecito; para los compañeros de movimiento, ni un miserable lugarcito en la foto, que es la que les importa. ¿A poco no?
¡Qué delicadeza! Si esto fuera una boda, Tabe estaría sentado en la mesa de los novios y los morenistas comiendo consomé en la banqueta. Y, si fuera un funeral político, ya sabemos quiénes están poniendo las flores y quiénes cavando la tumba de la unidad.
Porque una cosa es tener civilidad con la oposición y otra muy distinta andar de anfitrión con el adversario mientras a los compañeros les aplican la eutanasia política.
Aquí la pregunta no es si Tabe merece invitación, sino por qué a los propios les están cerrando la puerta en las narices. ¿Será que algunos confunden pluralidad con coqueteo político o de plano les gusta más la compañía de enfrente?
Víctor Hugo no llegó ayer a Morena ni necesita que le expliquen cómo se gana una elección. Su reclamo, dirigido también a César Cravioto y Tomás Pliego, tiene veneno porque exhibe una vieja maña: hay quienes administran las invitaciones como si fueran escrituras de propiedad, repartiendo lugares según sus afectos y no por la representación que tienen enfrente. Y, cuidado, porque dejar fuera a los propios mientras se presume cercanía con el rival puede salir más caro que una derrota electoral. El fuego amigo no necesita cruzar la calle para hallar a su víctima.