19 lecturas
Por Sabina Berman
Trump ha dicho que los avances de la IA no se deben frenar.
–Quien gane la (carrera de la) IA, gana el planeta –explicó–. Estamos por delante de China y quiero que siga siendo así.
De esa forma lo ve el presidente del Imperio Americano. Una carrera de Occidente contra China donde Occidente no puede frenar para reconsiderar una reconstrucción de los algoritmos que gobiernan la IA.
Eso a pesar de que los grandes empresarios de la IA consideran que existe un 10% de probabilidad de que una IA no modificada termine causando la extinción de la especie humana.
Whatever that means.
Lo propio ocurre en el terreno de la destrucción de la realidad natural del planeta. Por cierto, la única realidad real que existe.
El gobierno de los EUA no quiere frenar la extracción de fósiles o metales de las grandes corporaciones, porque frenaría su delantera sobre China. Y eso a pesar del aumento de las catástrofes asociadas al cambio climático.
Incendios. Sequías. Inundaciones. Olas de calor. Ciclones. Sismos. Pandemias.
China no frena su propia política extractiva por no dejar que los EUA le tomen una ventaja invencible.
Y Europa y el mundo menos desarrollado no frenan sus políticas extractivas por lo propio.
Nadie quiere quedarse atrás.
Uno corre porque corre el otro. Y el otro corre porque corre el primero.
En el corazón de esta filosofía está la visión egoísta.
No cuido el total, cuido solamente mi parte. No cuido todo el territorio, solo mi parcela.
Un egoísmo que lleva ya varios siglos de prestigio.
Adam Smith colocó el interés propio en el centro del funcionamiento del mercado.
–No es por la generosidad del carnicero, el cervecero o el panadero que tenemos nuestra cena –escribió célebremente–, sino porque cada uno persigue su propio interés.
En la teoría de Smith, esa búsqueda individual del propio beneficio produce prosperidad colectiva.
¿Cómo se vuelve prosperidad colectiva?
Es ahí donde aparece la famosa “mano invisible”.
Según la doctrina del libre mercado, el mercado es capaz de transformar la búsqueda del interés individual en beneficio colectivo.
Bueno, los datos muestran que el crecimiento procurado por la competencia ha sido colosal. Solo entre 1995 y 2025, la riqueza mundial promedio por adulto creció a una tasa de 3.1% anual.
Pero los datos también muestran dónde terminó esa riqueza. Hoy el 10% más rico posee alrededor del 75% de la riqueza mundial. Y la mitad más pobre de la Humanidad posee apenas el 2%.
Permítanme el lector, la lectora repetirlo: la mitad más pobre de la Humanidad posee apenas el 2% de la riqueza.
Si queremos otro mundo más pacífico y feliz eso es lo que debemos cambiar: la idea del egoísmo en el corazón del paradigma que nos gobierna actualmente.
Parafraseando una fábula de Jean de La Fontaine:
Un grupo de delfines nadaba a toda velocidad por el océano, cuando empezaron a agotarse.
–No me detendré –pensó el delfín de la delantera–, me rebasarían.
Y siguió quemando sus reservas de fuerza en aletazos.
El delfín que lo seguía pensó:
–No me detendré, estoy a punto de ganarle la delantera.
El último delfín del grupo, exhausto, medio ahogándose entre aletazos y coletazos, pensó:
–No debo detenerme, estoy a punto de entrar a la verdadera lucha por la delantera.
Entonces, el primer delfín dio un salto asombroso –pero aterrizó en un muelle.
Y empezó a boquear. Se ahogaba.
Siguiéndolo, el segundo delfín saltó por el aire y aterrizó a su lado.
Y a su lado empezó a asfixiarse entre bocanadas.
Y así, hasta el último delfín.
Ninguno ganó la carrera. Todos perecieron de asfixia.
Otra vez: si queremos otro mundo más pacífico y feliz, debemos pasar a gobiernos que se ocupan de la prosperidad del territorio entero.
De otra forma, terminaremos todos boqueando por aire.
