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Por Diana Sánchez Barrios
La celebración de los 15 años de Morena como expresión organizativa de un enorme movimiento social y político, obliga a pensar sobre los desafíos que se presentan en el horizonte. Es una oportunidad para reflexionar sobre el recorrido de una organización que pasó de la movilización ciudadana a ejercer responsabilidades de gobierno. La pregunta fundamental que se presenta a sus militantes y simpatizantes es: ¿cómo preservar la fuerza de un movimiento que nació desde abajo mientras consolida una organización política capaz de gobernar a cada vez más amplios sectores de la sociedad, renovando a sus liderazgos y respondiendo a las demandas de la sociedad mexicana?
Uno de los aspectos que explican el desarrollo de Morena fue su capacidad para articular diversas demandas sociales alrededor de una crítica a la desigualdad, la corrupción y la concentración del poder. Su expansión territorial permitió incorporar a militantes provenientes de distintas tradiciones de la izquierda, movimientos colectivos, organizaciones ciudadanas y sectores que no encontraban representación en los viejos partidos existentes. Esta pluralidad constituyó una fuente de fortaleza, pero también de una exigencia permanente de organización y deliberación. Un movimiento amplio necesita mecanismos para procesar sus diferencias, formar cuadros y garantizar que la participación de sus bases tenga consecuencias en la representación política.
La legitimidad de un movimiento se construye en las urnas, pero también en la vida cotidiana y, sobre todo, en sus vínculos con la ciudadanía, en la defensa de los derechos y en la capacidad de responder a problemas concretos. La llegada al poder de Morena representó una importante conquista política que introdujo nuevas responsabilidades. Cuando una organización pasa de la oposición al gobierno, deja de tener como única tarea denunciar los problemas existentes. Debe demostrar que puede resolverlos mediante instituciones eficaces, decisiones transparentes y políticas públicas evaluables. La identidad histórica de Morena está asociada con la promesa de transformar la vida pública, reducir las desigualdades y colocar el bienestar social en el centro de las decisiones gubernamentales.
Los quince años de Morena también invitan a discutir el significado contemporáneo de la izquierda. Su responsabilidad histórica no se agota en conquistar elecciones o conservar mayorías legislativas. Implica construir nuevas respuestas frente a las diferentes desigualdades, la precariedad laboral, la discriminación, la violencia y las nuevas formas de exclusión social. Las transformaciones económicas y tecnológicas plantean desafíos que afectan especialmente a las nuevas generaciones y cuestionan el acceso a la vivienda, el empleo digno, la educación, la salud mental y la posibilidad de desarrollar un proyecto de vida autónomo.
Por ello, es de izquierda desarrollar políticas para atender a quienes trabajan en condiciones precarias, a las personas cuidadoras y a las comunidades que históricamente han tenido menos oportunidades. Una izquierda con vocación transformadora necesita renovar sus ideas, fortalecer su capacidad de análisis y abrir espacios para nuevas generaciones de dirigentes, trabajadores, intelectuales y activistas sociales. La historia de un movimiento no se define solamente por las victorias que alcanza, sino por la sociedad que contribuye a construir.
