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Por Jorge Gómez Naredo
Estados Unidos siempre ha sido injerencista.
Y en América Latina lo hemos sufrido muchísimo. Primero nació como un Estado necesitado de expansión territorial, y fue así como se apoderó de una extensa parte del territorio mexicano. Después vino la visión de considerar a toda América como su “zona de influencia”.
Estados Unidos es intervencionista. Y lo hace de muchísimas maneras. Desde las más obvias, como la intervención militar directa, hasta las más ocultas, como la cooptación de medios de comunicación para difundir mentiras, falsedades y discursos pro yanquis.
Ejemplos sobran. En 1954, la CIA intervino para derrocar al gobierno de Jacobo Árbenz en Guatemala. En Chile, Estados Unidos destinó millones de dólares a partidospolíticos, medios de comunicación y organizaciones opositoras para atacar al gobierno de Salvador Allende. Y en Nicaragua financió a grupos armados para combatir al gobierno sandinista. Cambian los métodos y los pretextos, pero la injerencia permanece.
Desde la llegada de Donald Trump a su segundo mandato, la política estadounidense hacia América Latina se volvió todavía más injerencista. Y tan es así que, en un acto que debió ser rechazado por toda la comunidad mundial, secuestró al presidente de una nación independiente: a Nicolás Maduro, en Venezuela.
Y Estados Unidos también interviene electoralmente. Así sucedió en Colombia, así ha sucedido en Brasil y así quieren que suceda en México. Porque al gobierno de Trump le interesa que no haya gobiernos de izquierda en América Latina.
Por eso es tan importante la defensa de nuestra soberanía. No sólo en el discurso, sino en los hechos. Y eso es lo que ha hecho nuestra presidenta Claudia Sheinbaum: cooperación y coordinación sí, pero jamás subordinación. Porque México es un país soberano y las decisiones de México les corresponden únicamente a los mexicanos.
