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Por Eduardo López Betancourt
Por años, se ha confundido al CEU con el CGH; no fueron lo mismo, son dos generaciones estudiantiles distintas, con resultados y destinos opuestos.
El Consejo Estudiantil Universitario, nació en 1986 contra las reformas del rector Jorge Carpizo, su demanda era legítima, pero buena parte de sus líderes encontraron en aquella efervescencia una ruta hacia la política profesional; entre otros: Carlos Imaz, Imanol Ordorika, Martí Batres y Rosario Robles. El efecto en el rubro universitario fue limitado, no hubo transformación de fondo.
El Consejo General de Huelga surgió el 20 de abril de 1999 en oposición al Reglamento General de Pagos, impulsado por el rector Francisco Barnés. El CGH defendía la gratuidad de la educación universitaria; funcionó con asambleas, delegados revocables y decisiones colectivas. Su figura más visible fue Alejandro Echavarría Zarco, “El Mosh”, alumno de Sociología que, según sus compañeros, poseía un desempeño escolar destacado. El movimiento no tuvo una dirigencia única, ni estructura partidista comparable con la que posteriormente caracterizó a exintegrantes del CEU.
La confrontación fue larga y culminó con la intervención de la Policía Federal Preventiva en febrero del 2000, auspiciada por Juan Ramón de la Fuente. Hubo cientos de arrestos y juicios legales contra estudiantes; “El Mosh” estuvo preso por meses. Pero el CGH consiguió algo fundamental: el Reglamento General de Pagos fue finalmente abrogado.
Durante la huelga manaron fuertes diferencias entre sectores vinculados al antiguo CEU y el CGH. Mientras algunos promovían una salida negociada, el CGH decidió continuar con el paro, el costo fue enorme: detenciones, expulsiones, procesos judiciales y consecuencias individuales amén de académicas.
Tuve el privilegio de ser el único profesor de carrera que apoyó al CGH e inclusive fui primer defensor cuando fueron encarcelados sus líderes, y ello motivó represalias de todo tipo, en especial de Jorge Carpizo y su mafia, que aún perdura.
En resumen: El CEU abrió para muchos de sus dirigentes la puerta de la política profesional. El CGH, en cambio, asumió un coste personal ingente, pero sostuvo una lucha que terminó preservando la gratuidad universitaria.
