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Eduardo López Betancourt
La fórmula más vieja y gastada del poder es: “Panem et circenses”, así la llamó Juvenal, un poeta romano, para denunciar a los Césares que, incapaces de ofrecer justicia y buen gobierno, compraban al pueblo con trigo y espectáculo.
Desde Nerón hasta nuestros días, el mandatario mediocre ha repetido la receta: cuando no tiene obra que mostrar, monta una función. El que no sabe gobernar, entretiene; quien no puede solucionar, distrae, y aquel que teme al ciudadano crítico, prefiere al despreocupado.
Hoy en México, ese anticuado método vuelve con bocinas de miles de watts; se anuncian grupos musicales, festivales gratuitos y bailes multitudinarios, ello, como si fueran grandes logros de gobierno. Se derrochan recursos en escenarios, iluminación y contratos millonarios, mientras las obligaciones esenciales del Estado quedan en segundo plano.
Se escucha al cantante del momento, pero no el plan contra la extorsión; se presume el lleno en la plaza, pero se oculta el vacío en las clínicas; se baila en la avenida, mientras tanto en las colonias se sufre ante la inseguridad, por el hijo que no regresó o el negocio que cerraron los delincuentes.
¿Dónde está el Estado, en el templete o en la calle? ¿De qué sirve el concierto si al salir te asaltan? ¿De qué sirve la verbena si en el hospital no hay medicamentos ni médicos, si la escuela se cae a pedazos, si falta agua, luz o pavimento?
La fiesta es legítima; la gente tiene derecho a la cultura, la música y celebración, nadie lo discute, pero las romerías no pueden suplir al gobierno, ni la cultura convertirse en coartada de la incompetencia. Un gobierno serio empieza por lo fundamental: seguridad, salud y educación; lo demás adorna, pero no sustituye.
El “pan y circo” es caro, efímero y peligroso, dura lo que tarda una canción. Cuando se apagan las luces y se recoge el templete, el crimen sigue ahí, a la par de la enfermedad y la falta de obras.
Gobernar no es entretener ni organizar espectáculos, GOBERNAR ES RESOLVER.