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A los 30 también se baila bonito

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Ana E. Rosete

Hace unos años fui al “Son para Milo” casi por curiosidad y terminé entendiendo algo que a veces se nos olvida: para pasarla bien no necesitas un antro de moda, una botella de whisky de cuatro mil pesos ni acabar a las cuatro de la mañana preguntándote quién demonios te convenció de salir.

Y sí, lo digo como mujer treintona.

Porque pareciera que después de los 30 la diversión tiene que venir con reservación, dress code y una cuenta que te haga reconsiderar tus decisiones financieras. Pues no.

También está bailar un huapango aunque no tengas la menor idea de hacerlo, comer algo delicioso, caminar entre artesanías, escuchar música que quizá nunca habías puesto en Spotify y descubrir que hay una fiesta enorme ocurriendo en plena Ciudad de México.

Eso es lo que me gusta de “Son para Milo”.

Este año, del 1 al 4 de octubre, la explanada de Azcapotzalco volverá a llenarse de música tradicional, danza, gastronomía, artesanías y más de cien agrupaciones. Y lo mejor: es gratuito.

Aplaudo que Nancy Núñez apueste por este tipo de encuentros. Porque en una ciudad donde muchas veces creemos que la cultura sólo ocurre en los grandes recintos, resulta maravilloso encontrarse con una fiesta popular que lleva la música directamente a la calle y que, además, reúne a familias, jóvenes, treintones, señoras, niños y a cualquiera que tenga ganas de pasarla bien.

Y aquí va mi recomendación personal: vayan.

Vayan con amigas, con pareja, con la familia o hasta solas. Coman, bailen, compren alguna artesanía, escuchen un son y déjense sorprender.

Porque llegar a los treinta no significa volverse aburrida. Significa que una ya sabe que no necesita hacer demasiado ruido para pasarla increíble.

Y si además de divertirte sales con la panza llena, un recuerdo bonito y un poquito más de amor por México, pues qué mejor.

Quizá por eso “Son para Milo” tiene algo especial: no intenta parecer moderno, simplemente es auténtico. Y en una ciudad donde todo corre, todo cambia y todo parece querer volverse tendencia, encontrarse con una fiesta que celebra lo nuestro, sin poses y con los pies bien puestos en la tierra, es casi un lujo.

A veces crecer no es dejar de bailar; es aprender qué música sí vale la pena hacerlo.

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