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Discúlpanos, Claudia

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Aclarando al capital de Ana E. Rosete

No basta con prometer justicia

Discúlpanos, porque viniste a México a estudiar, a conocer, a vivir una experiencia que debía quedarse en la memoria como una aventura de juventud y no como el viaje que terminó con tu vida.

Tenías 21 años. Eras estudiante. Estabas aquí para aprender. Y terminaste asesinada en Cuautla, en un país donde todavía una mujer puede ser perseguida, atacada y asesinada mientras intenta encontrar un lugar donde ponerse a salvo. La Fiscalía de Morelos investiga tu muerte como feminicidio. 

Perdón porque el Estado llegó después. Después del ataque. Después del miedo. Después de la muerte.

Y ahí está una de las preguntas más incómodas que deja tu asesinato: ¿cuántas veces tiene que fallar el Estado para que dejemos de llamar “tragedia” a lo que también es consecuencia de instituciones que no lograron proteger?

No basta con detener a un presunto responsable. No basta con anunciar una investigación. No basta con prometer justicia. Todo eso es indispensable, pero llega después de lo irremediable.

Porque una mujer no debería necesitar convertirse en víctima para que las autoridades demuestren que pueden actuar.

Y hay algo todavía más doloroso: Claudia no es un caso aislado. Su asesinato se suma a los de otras estudiantes vinculadas con la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, una realidad que ya había provocado indignación y movilización entre la comunidad universitaria. 

Por eso esta columna no quiere pedir únicamente castigo. Quiere exigir memoria.

Porque el feminicidio no comienza cuando aparece el cuerpo. Comienza mucho antes: cuando una calle permanece insegura, cuando una alerta no se atiende, cuando una denuncia se archiva, cuando una estudiante aprende que regresar sola implica calcular riesgos, cuando las autoridades se acostumbran a administrar la violencia en lugar de prevenirla.

 

Claudia, tú no tenías que ser valiente. No tenías que saber defenderte. No tenías que conocer los peligros de una ciudad que visitabas para estudiar.

El Estado tenía que hacer su parte. Y no la hizo a tiempo.

Perdón, Claudia, porque México volvió a fallarle a una mujer. Y porque tu nombre tendrá que recordarnos que la seguridad de las mujeres no puede ser un discurso, una estadística ni una promesa de gobierno.

Tiene que ser una obligación. Que tu muerte no termine en un expediente.

Que obligue a preguntar quién falló, por qué falló y qué debe cambiar para que ninguna otra mujer tenga que pagar con su vida la indiferencia de un Estado que llegó demasiado tarde.

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