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Por Eduardo López Betancourt
Hay hombres que a los ochenta creen que su libro ya se cerró. Él pensó que abría un segundo tomo cuando se casó de nuevo.
Llegó con el pasado a cuestas y con hijos de su primer matrimonio. Al principio, todo fue acogida. Luego vino la división. Lo más doloroso fue ver cómo los seis hijos del nuevo hogar también se fueron a la otra orilla. Quedó solo en medio del río.
Entregó cuanto pudo. A su familia política, sobre todo, les cambió la vida. Les abrió camino donde no lo había, les dio destino distinto. Lo hizo sin alarde y sin factura. Hoy la gratitud brilla por su ausencia. Esa ingratitud sutil duele casi tanto como el desamor. Lo que más hiere, y lo confiesa con pudor, no es el reclamo diario. Es el desprecio a la vida en pareja. Que la intimidad se mire ahora con asco. Eso no hay hombre que lo resista.
Creyó que lo querían. Tal vez fue una ficción que necesitó creer. Sospecha también que ella guarda ahora otro proyecto sentimental, mientras tampoco olvida su pasado. Así es difícil construir presente. En el trabajo fue un triunfador. Supo hacer, supo construir, supo dejar huella donde otros solo pasaban. Pero esa misma mano que levantó empresas no supo sostener el cariño en casa. Hoy se sabe mal querido, incomprendido y, lo peor, despreciado.
A sus hijos les enseñaron a protestar, nunca a ser agradecidos. A pedir más, nunca a reconocer lo dado. Cuando el reclamo se vuelve educación, el padre se vuelve culpable de todo. Hoy el torrente de amarguras lo ha llevado a definirse a sí mismo como un fracasado, y no lo es, fracasado no es el hombre que dio y no recibió. Fracasado es quien nunca dio nada.
A pesar de los años y de su vida octogenaria, entiende que nunca es tarde para empezar. Lo que fue, ahora puede ser mejor. No pide lástima. Solo invita a reflexionar. No sobre él, que ya está de arribada, sino sobre todos los que, por ambición o rencor, rompen lo que otro edificó con amor.
