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Por Eduardo López Betancourt
¿Qué es un político para la sociedad actual? Hace algunas décadas se le asociaba con el servicio público, con la representación y con la vocación de resolver problemas colectivos. Hoy esa definición está rota. Para la mayoría, el político ya no es un servidor, es un profesional de la simulación, salvo casos de excepción. Vive de la política, no para la política.
La crisis que enfrentamos no es ideológica, es moral. La clase política en su conjunto carece de credibilidad. No se duda de un partido o de una figura; se duda de todos. Y esa desconfianza no es gratuita, es resultado de años de mentiras sistemáticas.
Mienten. Mienten por sistema, por costumbre, por estrategia. Mienten en campaña y en el gobierno. Mienten con cifras, con promesas que saben incumplibles, sobre su pasado, sus ingresos y sus verdaderas intenciones. Y lo hacen con una torpeza insultante. Tan obtusas y burdas son algunas de sus mentiras que ya no se les cree nada. Absolutamente nada. Ni cuando dicen la verdad, porque han devaluado tanto la palabra que, en su boca, la verdad suena a otra mentira.
Como nunca, se han divorciado de la honestidad, no cotiza en su mercado. Lo que cotiza es tergiversar, matizar y negar lo evidente frente a las cámaras.
Pero lo más grave no es la mentira, es el cinismo. Son cínicos desvergonzados. Mienten sabiendo que los descubrimos y no se inmutan. Se les exhibe con pruebas, videos y documentos, y siguen como si nada. Perdieron la vergüenza y la necesidad de respetabilidad. Antes, al político sorprendido le quedaba el pudor de renunciar. Hoy se aferra, se victimiza y acusa a otros de lo que él hace.
El resultado es decepción, apatía y enojo sordo. Cuando el ciudadano deja de creer en sus representantes, deja de creer en las instituciones y la democracia se queda vacía.
No es antipolítica decirlo, es exigir política con verdad, decencia y respeto a la inteligencia de la gente. Por supuesto, debemos subrayar que hay casos de excepción de lo que aquí se ha escrito.
