34 lecturas
Por Miguel García Conejo
@kurt2767
La figura Donald Trump en la Casa Blanca no creó a la nueva derecha mundial, pero le dio dirección, lenguaje y un referente de poder. Bajo su influencia avanzan fuerzas que convierten el malestar social en rechazo al migrante, desprecio por las minorías, nacionalismo excluyente y ataques contra las instituciones democráticas.
La contradicción es evidente: estos movimientos obtienen respaldo entre sectores golpeados por la desigualdad, aunque sus programas suelen beneficiar al gran capital. Prometen empleos, estabilidad y seguridad, pero impulsan recortes al gasto público, privilegios fiscales para los más ricos, debilitamiento sindical, privatizaciones y menor protección laboral. El trabajador, utilizado como base electoral, termina pagando una política diseñada para concentrar la riqueza.
América Latina tampoco permanece al margen. La inseguridad, la corrupción y el desencanto con gobiernos progresistas permiten que opciones autoritarias presenten el orden como sustituto de la justicia social. La pobreza no ha frenado ese giro; ha sido aprovechada para ofrecer soluciones inmediatas que restringen derechos sin modificar las causas de la exclusión. México figura como uno de los principales contrapesos regionales, pero no como el único.
Conservar esa condición exige resultados: reducir desigualdades, fortalecer salarios, proteger libertades y corregir fallas propias. La derecha prospera cuando la democracia deja de producir bienestar. Frenarla requiere gobiernos eficaces, honestos y cercanos a la clase trabajadora.
