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Por Salvador Guerrero Chiprés
La videovigilancia en la Ciudad de México encontró espacio innovador en el fervor deportivo del Coloso de Santa Úrsula.
El estadio aloja desde el Mundial de Fútbol una infraestructura capaz de observar el territorio citadino completo mediante 119 mil 711 cámaras interconectadas en tiempo real.
Esta simbiosis estratégica trasciende el simple resguardo de las tribunas; constituye una transformación profunda e histórica —calificada así por Joaquím Alexandre Lima da Costa, apoderado legal de Fútbol del Distrito Federal, con quienes firmamos un convenio— sobre la responsabilidad compartida con instituciones privadas en la edificación de entornos seguros, fundamento del programa Aliados C5 para la interconexión de cámaras particulares con el sistema público de videovigilancia.
Los estadios han sido espacios de seguridad interna, donde las empresas gestionan accesos y perímetros con personal civil. El nuevo modelo de corresponsabilidad asume la protección colectiva como bien indivisible, insertando el cerebro tecnológico gubernamental con un centro de monitoreo del C5 dentro del Coloso.
La operación durante la justa mundialista demostró la viabilidad técnica y operativa de albergar centros de mando unificados capaces de procesar contingencias de complejidad internacional.
Esos cinco partidos del Mundial sirvieron como laboratorio para validar el despliegue de una estrategia que, en la lógica instruida por la Jefa de Gobierno de la CDMX, Clara Brugada, de obras y acciones trascendentes al evento, se concreta en la firma de convenio.
Este esquema colaborativo —fortalecido con el incremento de 47% en el número de cámaras en un kilómetro a la redonda del estadio y la instalación de medio centenar dentro de la ruta del Tren Ligero de Taxqueña a Xochimilco— revela innovación y madurez compartida en la cancha de la videovigilancia.
