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Ella tiene voz suave. Piensa cada palabra antes de decirla. Su serenidad transmite una cierta paz pese a los problemas que enfrenta. Vivió épocas convulsas y las entiende como parte de las heridas que todos cargamos. Su labor cotidiana es casi silenciosa, pero se refleja en cada paso, sin que lo presuma. Ella es la primera y abrió la puerta para muchas mujeres cuyos sueños y aspiraciones, antes de su llegada, eran limitadas.
Se enfrenta todos los días al machismo de quienes dicen que alguien más guía sus pasos, que alguien más le dice qué hacer y cómo. Viste su esbelta figura con sobriedad y sin lujos, sonríe ante
ese machismo del que todas estamos acostumbradas: “si llegaste es porque alguien te puso ahí”, como si el hecho de ser mujer, restara capacidad de acción, de decisión, de avance.
Ella llegó con una carga enorme, moral y social: dar continuidad a un proyecto, evitar que el país cayera y comenzar una ansiada consolidación. Nada fácil en estos tiempos. Rostro descubierto, un suave maquillaje y su característica coleta, ella comenzó a abrirse paso y lograr un lugar no solamente en el país, sino en el mundo. Sus respuestas ante los embates de Trump –claras, certeras, con cabeza fría– han mantenido al margen los ataques extranjeros y, al mismo tiempo, cosechar el respeto de los ciudadanos y de otros liderazgos internacionales. Hasta ahora, el orgullo y pulcritud con que ha llevado el nombre de México, su cultura e instituciones ante el mundo la ubican como la quinta entre las 10 mujeres más poderosas del planeta (Forbes 12/10/25) y sin embargo, la vemos todos los días rendir cuentas ante el pueblo y la prensa –tanto afín como contraria– respondiendo preguntas incómodas, detalladas o precisas. Cuando no tiene la información rigurosa, lo dice y remite al secretario o secretaria correspondiente, aunque hasta eso se lo han reprochado.
¿Preferirían que mintiera? Al parecer sí, como se hacía antes. Ayer, al referirse a las narrativas fantasiosas de cierta prensa lo resumió así: “La autoritaria, la que no gobierna, la que tiene conflictos, la que contesta, la que no lo hace; si hace a porque hace ´a´, si hace ´b´ porque lo hace” Lo cierto es que Ella, con mayúsculas, los desarma día a día así, con su voz baja, suave, ligeramente ronca y un humor muy fino, muy lejos de las estridencias de los políticos actuales.
“Es Claudia”, nos dijeron en campaña, y desde hace dos años lo hemos corroborado. Hoy,
hasta la oposición le concede valor –qué amabilidad–, aunque siguen pidiendo que se “deslinde” de su antecesor y rompa un pacto que le es imposible romper: el del proyecto de consolidar la transformación por el que votamos y que no está precisamente anclado en un hombre, sino en la aprobación del 70% con el que cuenta. ¿Renunciar a eso? Entonces no sería ella: Claudia Sheinbaum.
Ana María Vázquez
Dramaturga/Escritora
@Anamariavazquez
