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Paola vive en la lucha

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Por Ana E. Rosete

Marcó un antes y un después

Paola Buenrostro fue asesinada en septiembre de 2016. Tenía nombre, historia, sueños y una vida que merecía ser protegida. Pero también fue víctima de una violencia que durante años encontró indiferencia en las instituciones y prejuicios en una sociedad que todavía discute, como si fuera debatible, el derecho de las personas trans a existir con dignidad.

Frente a ese crimen estuvo Kenya Cuevas. No se quedó en el dolor ni permitió que el asesinato de su amiga se convirtiera en un expediente más. Transformó el duelo en resistencia y la resistencia en una causa pública.

Desde el feminismo, reconocer la lucha de Kenya implica entender algo fundamental: la violencia de género no desaparece cuando la víctima es una mujer trans. Al contrario, las mujeres trans enfrentan una combinación brutal de transfobia, misoginia, exclusión y violencia que las coloca en una situación de enorme vulnerabilidad.

El caso de Paola marcó un antes y un después. Kenya convirtió su exigencia de justicia en una lucha por el reconocimiento de las identidades trans, por investigaciones libres de prejuicios y por instituciones capaces de mirar a las víctimas como personas, no como estadísticas.

Su activismo también obliga al feminismo a hacerse una pregunta incómoda: ¿de qué sirve hablar de derechos de las mujeres si algunas mujeres quedan fuera de esa palabra?

Un feminismo verdaderamente incluyente no puede construir derechos con exclusiones. Las mujeres trans no tienen que demostrar que son mujeres para merecer justicia, seguridad o respeto.

Paola Buenrostro no debería ser recordada únicamente por la forma en que murió. También debe ser recordada por lo que su asesinato provocó: una lucha que abrió camino para que otras mujeres trans fueran escuchadas.

Kenya convirtió la pérdida de una amiga en una causa colectiva. Y quizá ahí está una de las formas más poderosas de resistencia: hacer que una vida arrebatada no sea olvidada y que su nombre se convierta en exigencia de justicia.

Porque Paola no fue una cifra. Fue una mujer. Y su vida importaba.

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