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Olivia Garza y la hora de la oposición

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Por Ana R.Rosete

En la política, los cargos importantes rara vez se explican únicamente por la aritmética parlamentaria. Hay momentos en los que también pesan el temple, la experiencia acumulada y, sobre todo, la capacidad para entender que presidir un órgano legislativo no significa convertirse en jefe de una bancada, sino en garante de un equilibrio institucional.

Ese es, precisamente, el desafío que comienza a perfilarse para Olivia Garza.

La diputada del PAN encabeza, hoy, la lista de posibilidades para asumir la Presidencia del Congreso de la Ciudad de México durante el próximo año legislativo. No se trata de un nombramiento menor ni de una concesión protocolaria: la Mesa Directiva representa la conducción política y parlamentaria de un Poder que, en una democracia constitucional, debe ser mucho más que una ventanilla de trámite para las decisiones del Ejecutivo.

Garza llega a esa posibilidad con una ventaja objetiva: ya conoce desde dentro la mecánica de la Mesa. Fue electa primera vicepresidenta al inicio de la III Legislatura y ha ocupado en distintos momentos la conducción de sesiones.

Pero su principal activo no está en el cargo que ya tuvo, sino en el modo en que ha construido su presencia legislativa.

Su agenda ha transitado por asuntos de seguridad, derechos humanos, justicia y servicios públicos; ha cuestionado desde el uso de recursos públicos hasta las condiciones del abasto de agua y ha defendido iniciativas vinculadas con delitos cometidos contra usuarios del transporte público.

Eso permite leer su eventual llegada a la Presidencia desde una perspectiva distinta: no como el premio interno de una oposición necesitada de reflectores, sino como la oportunidad de colocar a una panista en una posición donde la autoridad se mide por la capacidad de arbitrar, escuchar y conducir, incluso frente a quienes piensan diametralmente distinto.

Y ahí estará la verdadera prueba. Y a mí me da gusto que sea Garza quien se enfrente a ella.

Porque si Olivia llega a presidir el Congreso, tendrá que demostrar que entiende una diferencia fundamental: representar al PAN es una responsabilidad partidista; presidir el Congreso exige una responsabilidad institucional.

En tiempos de polarización, esa frontera puede ser la diferencia entre ocupar una silla y ejercer realmente el poder parlamentario.

Garza tiene la oportunidad. Ahora tendrá que demostrar que también tiene el tamaño político para asumirla.

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