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La unidad de la izquierda y nuestro futuro democrático

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Por Diana Sánchez Barrios

Frente a los constantes embates políticos externos e internos, México necesita una izquierda unida, pero no una izquierda uniforme. Necesita una izquierda capaz de convertir su diversidad en fuerza política, su pluralidad en deliberación y sus diferencias en un programa común de transformación.

En un momento como el actual en el que las derechas latinoamericanas avanzan sobre el malestar social y el desencanto ciudadano por las promesas no cumplidas de la democracia, la fragmentación de las fuerzas progresistas no es solamente un problema electoral, es más bien una amenaza para la posibilidad misma de construir un futuro democrático. Por lo tanto, la cuestión más importante en este momento no es únicamente cómo unir a la izquierda, sino entender para qué unirla, entre quienes y alrededor de qué proyecto de país.

La izquierda mexicana no puede reducir su unidad solamente a acuerdos entre partidos, dirigentes o grupos parlamentarios. Esa sería una unidad de aparatos útil para una elección, pero insuficiente para construir una alternativa histórica. En este sentido, la verdadera unidad tiene que ser social y ciudadana. Debe incorporar a trabajadores, jóvenes, mujeres, comunidades, organizaciones sociales, sindicatos, movimientos ambientales, colectivos de derechos humanos, sectores de la economía popular, comunidades indígenas, intelectuales, académicos y ciudadanos independientes. Porque la izquierda no puede pretender representar a la sociedad si solamente se representa a sí misma. El gran desafío consiste en reconstruir un vínculo que en muchos momentos se ha debilitado: el vínculo entre política y ciudadanía.

La participación debe dejar de ser un recurso utilizado únicamente durante las campañas electorales. Una democracia de izquierda necesita ciudadanos que participen permanentemente en la definición de las políticas públicas, en la vigilancia del poder y en la construcción de decisiones colectivas. La unidad debe servir para construir un gran proyecto de transformación, capaz de enfrentar las grandes desigualdades económicas, sociales, políticas, territoriales y culturales que persisten en México. Reducir las desigualdades significa también democratizar las oportunidades, los recursos y las decisiones. Una izquierda unida debería preguntarse, entonces, cómo garantizar trabajo digno, vivienda, educación, seguridad social, igualdad de género, derechos culturales, justicia ambiental y participación política.

La unidad tampoco puede decretarse desde las dirigencias. Debe construirse mediante la participación. Esto implica recuperar la asamblea, el debate público, la consulta ciudadana, la organización territorial y el diálogo permanente con los movimientos sociales. Las asambleas políticas pueden desempeñar aquí un papel fundamental si dejan de ser únicamente espacios de transmisión de decisiones y se convierten en verdaderos lugares de deliberación. La ciudadanía no debe ser convocada únicamente para escuchar. Debe ser convocada para proponer, discutir, cuestionar y decidir. Esta transformación de la cultura política es indispensable.

La derecha ha conseguido en distintos países latinoamericanos apropiarse de una parte importante del lenguaje del futuro. Habla de cambio, ruptura, innovación, orden y autoridad. No debemos permitir que la izquierda corra el riesgo de quedar asociada exclusivamente con la defensa de las conquistas del pasado. La izquierda democrática debe volver a imaginar el futuro.

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