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Por Ana E. Rosete
Revela a las personas como son
La política tiene una particularidad que la vuelve implacable: tarde o temprano termina revelando a las personas tal como son. Los discursos pueden redactarse con esmero, las conferencias prepararse al detalle y las disculpas diseñarse por expertos en manejo de crisis. Pero cuando un político habla con aparente espontaneidad, sin el filtro del cargo que ocupa, suele emerger algo mucho más valioso para el juicio público: su verdadera escala de valores.
Eso ocurrió con la morenista, Nay Salvatori. La polémica provocada por sus comentarios hacia las personas adultas mayores no es únicamente un problema de comunicación. Tampoco puede reducirse al argumento de que “era una broma”. Quien ejerce el poder no tiene el privilegio de separar lo privado de lo público cuando decide convertir el desprecio en entretenimiento. Las palabras, en política, nunca son inocentes.
Lo verdaderamente preocupante es que la burla estuvo dirigida hacia uno de los sectores que más ha contribuido a construir este país y a quienes los gobiernos de izquierda más han apoyado. Los adultos mayores no sólo representan memoria, experiencia y trabajo acumulado; también son millones de mexicanos que hoy sostienen hogares con una pensión, cuidan nietos mientras los padres trabajan y constituyen una parte fundamental del tejido social. Ridiculizarlos implica mucho más que una falta de sensibilidad: revela una visión profundamente utilitaria de las personas.
La propia presidenta nacional del partido, Ariadna Montiel, solicitó a la Comisión Nacional de Honestidad y Justicia revisar el caso y valorar sanciones. El mensaje fue claro: el problema dejó de ser un video viral para convertirse en un asunto político.
Sin embargo, la discusión trasciende a una diputada. Lo que realmente debería preocuparnos es la creciente normalización de la frivolidad en la política mexicana. Cada vez son más los representantes que confunden autenticidad con irresponsabilidad y popularidad en redes sociales con autoridad moral. Se premia la ocurrencia por encima de la prudencia y el espectáculo sustituye al debate de ideas.
El lenguaje siempre delata. Quien encuentra en la edad un motivo de burla probablemente también encontrará razones para minimizar cualquier otra condición de vulnerabilidad. Porque el desprecio rara vez es selectivo; suele ser parte de una forma de entender el poder y de relacionarse con los demás.
La política no exige representantes perfectos, pero sí personas capaces de comprender que la dignidad humana nunca puede convertirse en un chiste. Cuando eso ocurre, el problema ya no es una frase desafortunada. Es el retrato de quien la pronunció.