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Por Eduardo López Betancourt
Es un País del que se ha hablado mucho en los últimos tiempos, particularmente en lo que se refiere a la seguridad. Este drama es mundial: países como España, que mantenían un buen nivel de bienestar para su población, se han visto invadidos por grupos delictivos de distintas partes del mundo, en particular de donde provienen los llamados “sin papeles”, quienes, si bien muchos llegan en busca de trabajo, otros solo se nutren del delito en todas sus manifestaciones.
Me interesó conocer El Salvador y pude comprobar el buen trabajo que ha realizado Bukele, con toda comodidad y seguridad, especialmente en su capital, San Salvador. En diversas zonas rurales observé orden y respeto, y los propios ciudadanos aseguran que todo ha cambiado: antes eran “azotados” por pandillas que no solo robaban, sino que asesinaban a mansalva.
Como contrapartida, en ese renglón se hace referencia a los derechos humanos, pues los pandilleros son tratados con suma crueldad y miles de ellos jamás han sido procesados ni puestos ante un juzgador. Esto no es digno de aplauso, y sin duda deberá atenderse un tema tan cuestionable. Sin embargo, lo que resulta incuestionable es que la población tiene derecho a vivir en paz: pude observar a niños, mujeres y ancianos caminar por las calles sin padecer temor alguno.
Recordemos también que el tema de la seguridad fue abordado con solidez por Günther Jakobs, destacado jurista alemán que planteó la necesidad de un derecho penal especial para ciertos delincuentes.
Al fin y al cabo, visitar El Salvador ha sido una experiencia grata, un ejemplo que, con las adaptaciones necesarias, debería replicarse en México, pues para nuestra desgracia contamos con un letrero muy grande que dice “delinque, que aquí no pasa nada…”. Es, por tanto, urgente actuar con lineamientos más estrictos contra la delincuencia, un flagelo que no solo perturba, sino que acaba con toda esperanza de vida.