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Por Eduardo López Betancourt
La Selección Mexicana de fútbol avanzaba con paso firme: cuatro partidos exitosos respaldaban su camino. Sin duda se aproximaba lo más complicado, pero entonces irrumpió el oportunismo de políticos carentes de autoridad y de solvencia moral, quienes se desbordaron en declaraciones sin sustento con el único fin de “llevar agua a su molino”.
Funcionarios de todos los niveles opinaban sin mesura y, apoyados en acarreados, intentaban mostrarse simpáticos y cercanos a la gente. Bien sabemos que esos personajes, de haberse presentado en el Estadio Ciudad de México, habrían recibido una rechifla. Por ello montaron escenarios a modo para aparentar cercanía, afición futbolera y hasta dominio del tema. Fueron ellos quienes, con su presencia, atrajeron la mala fortuna al equipo tricolor.
México rechaza a los hombres del poder: han fallado, se han enriquecido de forma ilícita y representan una desgracia nacional. En la justa deportiva, su figura debería desaparecer. Muestra del repudio hacia esos actores sombríos fueron los insultos y el maltrato que recibió el cuestionado gobernador de Morelos, hoy protegido por una diputación: Cuauhtémoc Blanco fue increpado y su automóvil de lujo, vandalizado. El desdén hacia los malos dirigentes es evidente y, se dice, solo ellos le trajeron el infortunio a la Selección Mexicana.
De la derrota deben extraerse lecciones, como incrementar el respaldo al deporte en todas sus disciplinas. México carece de un golfista de élite, de un tenista destacado, de atletas de primer nivel, y ello ocurre porque no existe una política pública eficiente ni un apoyo decidido a las diversas manifestaciones deportivas. Con una población tan numerosa, necesariamente surgirán figuras relevantes que nos representen con dignidad en múltiples competencias.
De la caída debemos aprender que la improvisación de último momento y, peor aún, la injerencia de funcionarios oportunistas, constituyen factores nocivos. México tiene con qué salir adelante.
“Arriba México, sin politiquillos.”