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Por Miguel García
@kurt2767
El Mundial que avanza deja una imagen que fue más allá del futbol. México apareció nuevamente ante los ojos del planeta como un país con capacidad, infraestructura y organización para recibir un evento de talla internacional, contrario al discurso de quienes durante años han buscado instalar la idea de una nación detenida, sin rumbo o en permanente crisis.
Con pocos partidos dentro del calendario mundialista, las sedes mexicanas lograron proyectar estadios, servicios, conectividad, cultura y una experiencia que estuvo a la altura de sus socios norteamericanos.
Frente a escenarios de Estados Unidos y Canadá, México no solo compitió en condiciones, sino que aportó un elemento imposible de fabricar: una auténtica identidad futbolera.
Las calles, la convivencia, la hospitalidad y el ambiente demostraron que el país mantiene una conexión especial con este deporte. Mientras otras sedes ofrecieron organización, México sumó tradición, historia y una afición que convirtió cada encuentro en una celebración colectiva.
El torneo también exhibió un contraste político. La narrativa de un país colapsado encontró una realidad distinta ante miles de visitantes que observaron un México funcional, competitivo y con capacidad para responder ante los grandes retos internacionales.
Sin negar los problemas que enfrenta cualquier nación, el Mundial mostró otra cara: la de un país que organiza, recibe y emociona. En la cancha de la percepción internacional, México terminó anotando un gol frente a quienes apostaban por verlo perder.