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¡Qué Mundial!

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Por Eduardo López Betancourt

La euforia propia de un espectáculo excepcional ha alcanzado su punto más álgido. Los 48 equipos participantes ya han tenido su bautizo de fuego sobre el césped, ofreciendo al mundo encuentros tan impactantes como memorables: México ante Sudáfrica en la ceremonia inaugural celebrada en nuestro territorio; España frente a Uruguay; Inglaterra contra Croacia; Brasil ante Marruecos; y la ampliamente celebrada contienda entre Japón y Países Bajos. A ello se suman marcadores que no dejan lugar a dudas sobre el abismo competitivo existente: Alemania-Curazao (7-1), Suecia-Túnez (5-1), Noruega-Irak (4-1) y Argentina-Argelia (3-0).

La expectativa de cara a los dieciseisavos de final es considerable. Las grandes potencias del balompié ya exhiben su poderío, mientras que otras selecciones, a las que bien cabe calificar de modestas, evidencian limitaciones que reabre un debate impostergable: la conveniencia de estructurar el certamen en dos divisiones. Una primera instancia reservada a las naciones de mayor jerarquía futbolística, y una segunda destinada a aquellos países cuyas selecciones aún carecen del nivel competitivo exigido por una justa de esta magnitud.

Luego de que todos los contendientes completaron su primer compromiso, algunos dejaron una impresión francamente decepcionante, lo que obliga a cuestionar los criterios de clasificación vigentes. Resulta difícil justificar que determinados equipos hayan accedido a este torneo.

Equiparar a un coloso con un rival de escaso desarrollo futbolístico no solo es deportivamente inequitativo, sino que desdibuja la esencia misma de la competencia. Nuestra postura a favor de una estructura divisional en los campeonatos mundiales se reafirma. No obstante, es previsible que tal propuesta no encuentre eco entre quienes conducen la FIFA, institución cuya dirigencia ha demostrado, de manera sistemática, privilegiar los intereses económicos por encima del espíritu deportivo, en un historial que acumula episodios de corrupción, opacidad y descrédito difícilmente refutables.

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