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Por Eduardo López Betancourt
elb@unam.mx
Es, sin duda, una de las artistas más destacadas de México. Número uno en el difícil arte del crotalismo, ha consagrado su vida entera a la creación y merece la admiración que le han prodigado más de cincuenta países. Prueba de ello es la placa en su honor que existe en el Teatro del Ballet Bolshói de Moscú, testimonio permanente de un reconocimiento que trasciende fronteras.
La Secretaría de Cultura de México ha tomado la decisión acertada de rendirle homenaje por una trayectoria larga y prolífica: concertista de piano, prima ballerina, directora de orquesta, intérprete de crótalos, arreglista musical, coreógrafa y actriz. Un recorrido artístico que pocas figuras en el mundo podrían igualar.
A los seis años ofreció su primer concierto de piano en el Palacio de Bellas Artes. Su universo creativo no conoce límites: su primera película, Un dorado de Villa, dirigida por Emilio “El Indio” Fernández, le valió una nominación como mejor actriz en el Festival Internacional de Cine de Moscú.
Su obra cumbre, no obstante, es la que ha sostenido durante treinta y un años en todos los continentes: la llamada “Cruzada Mundial del Arte por la Paz”, un proyecto que porta un mensaje de amor, concordia y armonía entre los seres humanos. La propia UNAM le ha rendido homenaje nombrando uno de sus auditorios más importantes con su nombre.
Merece mención especial su labor como directora de orquesta en obras de los grandes clásicos: Chopin, Liszt, Mozart, Paganini y Chaikovski.
Sería imposible condensar en unas pocas líneas la dimensión de esta gran mexicana. Es más que digna de recibir la Medalla Belisario Domínguez, el máximo reconocimiento que otorga el Senado de la República. No es exageración alguna considerarla, en este momento, la artista más relevante de la Nación. El homenaje que habrá de tributársele en el Palacio de Bellas Artes es, simplemente, un acto de justicia.