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Por Salvador Guerrero Chiprés
@guerrerochipres
El Paseo de la Reforma se puso la verde. Carros alegóricos, contingentes de danzantes de toda entidad y balones gigantes toman posesión afectiva de la Ciudad de México por una ciudadanía volcada a la celebración en el despliegue de un júbilo popular impulsado desde el gobierno de Clara Brugada para hacer de la principal avenida del país centro de la identidad mundialista.
Y compite esa emoción con la improvisada por cientos de personas bailando “Payaso de Rodeo” en el Ángel de la Independencia.
Habían precedido tal apropiación territorial los silbatos, comparsas, bailes y cantos relevando al desorden y la provocación de la disidencia magisterial.
Abundancia festiva contra la protesta dizque magisterial considerada tan infundada, infinanciable y odiosa por más del 95 por ciento de la población de acuerdo con científicos sondeos de calle y sala de conversación. La alegría es herramienta de gobernanza en el espacio público a pesar de las pasiones oscuras de segmentos de la oposición apostando al fracaso nacional, lo cual lamenta la Presidenta Claudia Sheinbaum: “quien apuesta contra México perderá siempre”.
Lonas y desgaste acumulado gremial. Pantallas gigantes del Fan Fest, la marea de aficionados instalados en su derecho al carnaval futbolero.
Brugada democratiza la fiesta futbolera. Incluye a todas y todos en el banquete del Mundial. Demuestra capacidad para tomar la calle. Moviliza el fervor popular y el nacionalismo deportivo en busca de mantener una hegemonía igualada con la fiesta. La ciudadanía elige. Pide más abrazos y más goles.
Las y los aficionados en Reforma ejercieron su derecho a la ciudad y reactivaron la memoria colectiva de un país reconocido en el balón y en la catarsis del festejo.
El carnaval futbolero operó como amortiguador político, proyección de una imagen de estabilidad, gobernabilidad y cohesión comunitaria ante los ojos del mundo a pesar de la CNTE y sus aliados de camino.