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Por Ricardo Sevilla
El fútbol en México nunca fue un simple deporte; nació y creció como un tejido social, una válvula de escape y una suerte de espejo de la identidad popular.
Sin embargo, hoy, cuando arranca oficialmente el Mundial 2026, lo que presenciaremos, vía remota y detrás de las pantallas, será la consumación de un negocio millonario encabezado por el duopolio de la ambición: Grupo Televisa y la FIFA.
Y es que el nuevo modelo de negocio en que se ha transformado el deporte de las masas, ya no contempla al obrero, al empleado o al estudiante que tradicionalmente daban vida a la tribuna.
El espectáculo –si no somos indiferentes y valemadristas– es dantesco.
Observe, si no, la paradoja: mientras las grandes trasnacionales celebran –inundándonos con su pestífera cascada de publicidad– que México será el primer país en albergar tres Copas del Mundo, lo cierto es que la ciudadanía común –la que usa el transporte público todos los días y no tendrá días de asueto para participar de esa “fiesta mundialista”– ha sido relegada a la periferia de las pantallas de televisión que, curiosamente, ellos también controlan.
No se necesita ser sociólogo de la talla de Weber o Marcuse para entender que esto vacía por completo al futbol de su significado comunitario.
El Estadio Azteca, que otrora fue el templo de la catarsis colectiva mexicana y donde podían convivir todas las clases sociales, se ha reconfigurado para convertirse en un contenedor aséptico de marcas transnacionales, solo accesible a la clase pudiente.
El futbol ha sido expropiado a sus verdaderos dueños —el pueblo, la afición popular— para ser entregado a una élite global itinerante que ve en el juego solo un simple activo financiero.
Al encarecer el espacio físico en los estadios y priorizar paquetes de miles de dólares solo alcanzable para el turismo corporativo, Televisa y la FIFA demuestran que el mexicano promedio es un cliente indeseable dentro de su propio país.
Este dichoso Mundial se ha convertido en una vitrina de exclusión social que acentúa las peores desigualdades de nuestra sociedad.
Al final, todos los estadios mundialistas serán monumentos a la opulencia, mientras el México real mirará el partido desde la sala de su casa, consumiendo (hasta el hartazgo) la publicidad de las mismas empresas que, sin ningún pudor, nos han expulsado de las gradas.
Pero eso no es nuevo. Infelizmente, hace mucho tiempo que el balón ya no rueda para el mexicano de a pie; rueda para el algoritmo de la Bolsa de Valores y los fondos de inversión globales.