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No andaba perdido, ¿de parranda? 

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Por Lengua larga

Por fin. Después de semanas de silencio, desaparición política y mutismo estratégico, o simple costumbre, reapareció Héctor Díaz Polanco. Sí, el dirigente de Morena en la CDMX sigue existiendo. Porque había quienes ya lo daban por pieza de museo, otros por dirigente honorario y unos más pensaban que operaba en modalidad “home office permanente”.

Y es que no era para menos. Mientras el Partido Verde empezó a hacer maletas rumbo a 2027, el dirigente morenista capitalino parecía practicar la política zen: inmóvil, callado y ausente.

Todo explotó cuando Jesús Sesma, líder del Verde en la capital, salió a ventilar lo que ya era rumor en cafés políticos, pasillos legislativos y oficinas guindas: que no había comunicación ni con la dirigencia local de Morena ni con sus aliados. Traducción al español político: “nadie contesta el teléfono”.

Sesma fue todavía más lejos: dejó claro que el Verde ya analiza caminar solo rumbo a 2027 porque la relación política con Morena CDMX está prácticamente congelada. Y cuando un aliado empieza a sacar la calculadora electoral, normalmente significa que ya está viendo la puerta de salida.

Lo curioso es que, mientras los aliados se quejaban de falta de diálogo, dentro de Morena tampoco abundaban los aplausos.

Desde hace meses circulan críticas internas por el llamado “ausentismo” de Díaz Polanco, al grado de que legisladores locales han tenido que suplir tareas políticas, mediáticas y hasta de operación territorial que corresponderían a la dirigencia.

Y eso pega justo cuando Morena entra a la fase más delicada: la pelea adelantada por candidaturas, alcaldías y espacios rumbo a 2027. Porque una cosa es ganar con la marca presidencial arriba y otra muy distinta administrar tribus, egos, aliados y aspirantes cuando empieza la rebatinga local.

La ironía es maravillosa: Morena gobierna la ciudad, controla estructuras, tiene mayoría política y aun así su principal problema parece ser encontrar a su dirigente.

Héctor Díaz Polanco llegó a la presidencia del partido local a finales de 2024 para sustituir a Sebastián Ramírez, con la promesa de fortalecer organización y unidad. Hoy, año y medio después, buena parte de la conversación pública sobre él gira alrededor de otra habilidad: desaparecer del radar.

Y sí, reapareció. Pero la pregunta ya no es dónde estaba.

La pregunta es si todavía alcanza a reconstruir los puentes que dejó enfriar o si cuando termine de marcar números ya nadie le va a contestar.

Porque en política, a veces llegar tarde sale más caro que no llegar.

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