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Por Ricardo Sevilla
Maru Campos miente con todos los dientes. Y le voy a decir por qué: ayer, cuando la panista ingresó a las instalaciones de la FGR, lo que hizo fue escenificar un montaje escénico.
Campos fue, teatralmente, a impugnar la legalidad del citatorio.
¿Lo hizo con argumentos? No, nunca ha sido su estilo. María Eugenia lo hizo frente al cristal del teleprompter, demostrando, una vez más, su debilidad retórica.
Pero dejémonos de cuentos y teatritos: la panista, que recibió el respaldo de personajes tristemente famosos (Ricardo Anaya, Jorge Romero, Roberto Gil Zuarth), llegó a representar un papel que está muy lejos de su realidad.
¿Y sabe cuál es la realidad de todo esto? Que la panista sabe que transgredió los límites de la seguridad nacional.
Los panistas saben perfectamente, aunque se hagan los socarrones, que en el tablero de la seguridad nacional, Chihuahua es una pieza geoestratégica crítica.
Y lo es porque compartir más de 800 kilómetros de frontera con la potencia (opresora) más grande del mundo convierte a la entidad en una zona donde la soberanía de puede negociarse de manera aislada.
Y se lo digo claramente, porque fuentes de inteligencia civil y militar me han asegurado que los embates de Campos Galván contra la FGR, en realidad, buscan dinamitar los canales oficiales de coordinación en materia de procuración de justicia y combate al crimen transnacional.
Y el lamentable objetivo del gobierno de Chihuahua sería justificar el desplazamiento de las fuerzas y estrategias federales mexicanas para, en su lugar, abrirle la puerta a la intervención directa de agencias de inteligencia y seguridad estadounidenses (como la DEA y el FBI).
Todo mundo sabe que la traición a la patria no siempre se ejecuta con guerra ni bayonetas extranjeras; hoy también se perpetra entregando bases de datos, permitiendo operaciones de agencias foráneas y minando la credibilidad del pacto federal.
Gracias a la gobernadora panista, hoy Chihuahua, que ha sido cuna de movimientos revolucionarios y defensa de la soberanía, es rehén de una política entreguista que prefiere rendirle cuentas a los intereses gringos que a las leyes mexicanas.