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Entre café, flores y despedidas 

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Por Ana E. Rosete

Hay ciudades que enseñan a vivir, pero la Ciudad de México también enseña a despedirse. Aquí la muerte no siempre llega en silencio; a veces llega entre pan, té, champurrado y café de olla, entre sillas plegables afuera de una casa, entre vecinos que no preguntan si ayudan, lo hacen. En esta ciudad la gente todavía acompaña el dolor con algo caliente entre las manos y una palmada sincera en el hombro. Todavía existen los rezos improvisados, las flores, muchas flores, y las madrugadas eternas donde la música ayuda a que el llanto descanse un rato.

Y quizá ahí está una de las pocas cosas verdaderamente hermosas que le quedan a esta ciudad: entender que hay ausencias que merecen ser acompañadas.

Con los años una aprende que la muerte revela más sobre una persona que cualquier fotografía o presentación en vida. Basta mirar un velorio para descubrir quién sembró cariño de verdad. Porque hay personas que pasan por el mundo sin dejar huella y hay otras que construyen refugios humanos a donde quiera que van.

Mujer de pueblo. Mujer hecha de bondad y resistencia. Mujer que aprendió a cuidar incluso cuando la vida también la estaba golpeando. Mujer que sabía escuchar, cocinar para otros, ofrecer consuelo, abrir la puerta y hacer sentir hogar a cualquiera que llegara cansado del mundo.

Mujer que fue madre sin parir, amiga sin condiciones, consejera sin título. Mujer que hacía sentir hogar incluso en medio de una ciudad tan fría y acelerada como esta.

Tal vez la bondad sea eso: permanecer en otros aun cuando el cuerpo ya no alcanza. Porque al final, la verdadera trascendencia no está en las estatuas ni en los apellidos, sino en la gente que, al recordarte, todavía sonríe entre lágrimas. Porque al final nadie recuerda cuánto tenía una persona, sino cuánto amor fue capaz de repartir mientras estuvo aquí. Gracias Doña Tere.

Y entonces la muerte deja de parecer únicamente tristeza. También se vuelve espejo. Nos obliga a preguntarnos qué estamos dejando en los demás, quién lloraría nuestra ausencia y, sobre todo, si alguna vez fuimos capaces de amar con la misma generosidad con la que ciertas mujeres amaron tanto y toda la vida.

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