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Casinos infernales

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Por Eduardo López Betancourt

elb@unam.mx

Cada día proliferan más los establecimientos de apuestas en nuestro país. Con preocupante intensidad, adolescentes se incorporan a este destructivo vicio, lo que resulta incomprensible si se considera que el gobierno actual no solo tolera su expansión, sino que permite la publicidad engañosa que las respalda: aquella que promete cómo con una inversión mínima es posible obtener fortunas. El riesgo mayor recae sobre los jóvenes, quienes, valiéndose de cuentas de adultos, quedan expuestos a una trampa sistemática que engrosa, día a día, las arcas de auténticos delincuentes disfrazados de empresarios del deporte.

Sin el menor escrúpulo, el consorcio de apuestas más agresivo del país patrocina a la selección mexicana y a trece de los dieciocho equipos profesionales de futbol. Niños y adolescentes observan con entusiasmo cómo estos negocios se presentan atractivos y accesibles, sembrando la semilla de tragedias que, en los casos más extremos, han derivado en suicidios. Es urgente legislar en la materia. Conviene recordar que el gobierno del General Lázaro Cárdenas tuvo la lucidez de prohibir dichos establecimientos. Si bien ello impulsó ciertas actividades en la ilegalidad, ese riesgo resulta menor frente al cinismo actual de exhibir al supuesto ganador como modelo de éxito. La ley de probabilidades es implacable: estos antros jamás pierden, y se han consolidado como un grave peligro social.

En las escuelas debe reforzarse la educación sobre los riesgos del juego compulsivo y sus consecuencias devastadoras, pero también es indispensable actuar con firmeza frente a los medios de comunicación, impidiendo que continúen siendo cómplices de esta epidemia. El juego no solo destruye economías familiares; forja individuos socialmente aislados, obsesionados con una fortuna que nunca llegará.

Habrá quienes vean en estas medidas una restricción al libre albedrío. Sin embargo, toda sociedad está obligada a jerarquizar sus valores, especialmente cuando está en juego el porvenir de sus generaciones más jóvenes. Ese futuro solo puede edificarse sobre una educación sólida en principios que nos otorgue, como nación, la brújula moral que hoy parece extraviada.

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