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Por Gustavo Infante Cuevas
Nadie lo esperaba. Nadie imaginaba que un peleador de kickboxing, en apenas su segunda pelea profesional de boxeo y después de más de una década sin subirse a un ring boxístico, iba a poner en serios problemas al hombre que domina la división completa: Oleksandr Usyk.
Pero Rico Verhoeven lo hizo.

Frente a las imponentes Pirámides de Giza, en una cartelera histórica, el neerlandés ofreció una auténtica clase de boxeo. Movimiento constante de piernas, cambios de ritmo, manos impredecibles y una inteligencia táctica que desconcertó completamente al campeón unificado AMB, CMB, IBF y The Ring.
Usyk lució incómodo desde el inicio. Nunca encontró la distancia ni el tiempo. Rico era un enigma arriba del ring. Entraba, salía, amagaba y conectaba. En mi tarjeta, el dominio era claro: ocho rounds para Verhoeven y apenas dos para el ucraniano antes del desenlace.
La experiencia de Rico como guerrero quedó reflejada en cada segundo. No peleó como un improvisado; peleó como alguien que pertenece a la élite. Y dejó claro que, si decide continuar en el boxeo, puede competir con cualquiera.

Usyk tuvo que ajustar. Comenzó a trabajar más con el jab y después encontró el camino buscando constantemente el uppercut ante la guardia baja del neerlandés. Finalmente, en el round 11, conectó el golpe que mandó a la lona a Verhoeven. El réferi detuvo la pelea con apenas segundos restantes, una decisión polémica para muchos.
Al final, Usyk recibió el cinturón especial “King of the Nile”, mientras Rico Verhoeven se llevaba algo todavía más importante: el respeto del mundo entero.