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El intervencionismo gringo disfrazado de legalidad 

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Por Jorge Gómez Naredo

@jgnaredo

Este miércoles, el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, difundió un video en el que arremete contra Raúl Castro y lo acusa de corrupción. Minutos después, el gobierno estadounidense informó que un tribunal federal en Miami presentó cargos contra el exmandatario cubano por su presunta responsabilidad en la muerte de cuatro personas ocurrida en 1996.

El movimiento es mediático y, especialmente, político: no sólo apunta contra Cuba, sino que se inserta en una estrategia de presión contra gobiernos y proyectos latinoamericanos identificados con agendas progresistas o de izquierda.

El modus operandi es conocido: primero se construye una narrativa a base de mentiras; luego esas acusaciones se convierten en expedientes penales. Con eso se busca una coartada para endurecer sanciones, aislar, operar desde la sombra y abrir paso a acciones de fuerza.

El blanco hoy es Cuba, pero el mensaje es continental. Los siguientes objetivos pueden ser países con gobiernos incómodos para Washington; entre ellos, Colombia y México, donde la Cuarta Transformación sostiene una agenda que reivindica principios de izquierda social.

En este tablero, las derechas locales funcionan como aliados internos: no sólo aplauden el intervencionismo, también ayudan a “justificarlo” fabricando relatos. En México, ese libreto se repite hasta el cansancio: que Morena y la 4T están ligados al narco, que el país es una amenaza y que, por tanto, la intromisión extranjera sería “necesaria”. Primero inventan el incendio; luego piden a gritos a los bomberos… aunque vengan con tanques.

Lo que estamos viendo es a un imperio en declive intentando conservar influencia con propaganda y argucias legalistas, y a derechas dispuestas a servir de tapete a esos intereses. El riesgo es enorme: cuando la política exterior se disfraza de expediente judicial, la soberanía queda rehén de un guion escrito fuera de casa.

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VALOR CIVIL

Eduardo López Betancourt

elb@unam.mx

Filtros aeroportuarios

Es evidente y necesario, que los pasajeros de vuelos comerciales se sometan a revisiones, tanto de su persona como de su equipaje. El problema radica en que, en el Aeropuerto Internacional Benito Juárez, la actitud de los empleados encargados de dichas revisiones resulta sumamente agresiva hacia los usuarios, los tratan con despotismo, intentando humillarlos y menoscabar su dignidad de forma innecesaria.

Cuando el viajero utiliza un aeropuerto, debe ser tratado con respeto en todo momento, sin que se le haga sentir como un potencial infractor que pretende introducir mercancía prohibida. Es cierto, con frecuencia se detectan pasajeros que transportan estupefacientes u otros artículos estrictamente vedados, y que por ello la revisión exhaustiva se hace imprescindible; sin embargo, esa necesidad no justifica, bajo ningún concepto, un trato autoritario ni la presunción de culpabilidad generalizada. La cordialidad, cortesía y respeto deben ser la norma, no la excepción.

La situación se agrava en la revisión documental, quienes la realizan demuestran torpeza e incapacidad manifiesta; su dificultad para leer con fluidez genera demoras innecesarias en la verificación de pasaportes y demás documentación, especialmente en casos que requieren atención particular, como el de los menores de edad.

Los empleados que desempeñan una función tan delicada, como la de atender y revisar a los pasajeros, deben hacerlo con educación y diligencia. Esa misma actitud debería reflejarse en la inspección del equipaje, proceso que en el Aeropuerto Benito Juárez se convierte con demasiada frecuencia en una experiencia degradante. Que a una pasajera se le interrogue y humille por llevar un labial en su bolso, llegando al extremo de cuestionarle el tono del cosmético, ilustra con elocuencia el nivel de despropósito al que han llegado estos procedimientos. Lo que debería ser un trámite ágil, se convierte en una auténtica tortura para quienes viajan a destinos nacionales e internacionales.

Resulta imperativo señalar, la preparación del personal destinado a los filtros de seguridad del Aeropuerto Benito Juárez deja mucho que desear. Las autoridades competentes deben atender este problema con urgencia y seriedad, pues la imagen que proyecta nuestra principal terminal aérea, repercute directamente en el prestigio del país ante los ojos del mundo.

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