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La ciudad violeta

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Por Lengua Larga

bastalengualarga@gmail.com

La Ciudad de México se está volviendo violeta. Pero no por una ola feminista. No por una revolución social. No por la lucha de las mujeres en las calles. Se está volviendo violeta por una razón mucho más terrenal: porque llegó la era Brugada.

La nueva obsesión del gobierno capitalino no es tapar baches, mejorar el Metro o arreglar el desastre hídrico. No. La prioridad parece ser pintar todo del color políticamente correcto para dejar marca, territorio y firma. Como si la ciudad fuera libreta nueva y Clara Brugada hubiera decidido subrayarla completa con plumón lila y guinda.

Puentes, banquetas, bardas, camellones, postes, luminarias, mobiliario urbano. Todo empieza a adquirir el mismo tono monocromático. Una especie de filtro permanente donde la capital ya no parece gobernada, sino intervenida visualmente.

La llamada brugadización no es otra cosa que convertir a la CDMX en una extensión estética de Iztapalapa: el reino del morado institucionalizado. Porque quien conozca esa alcaldía sabe perfectamente que ahí el color dejó de ser casualidad desde hace años. El violeta se volvió doctrina visual. Presencia. Marca política. Casi religión.

Y ahora el modelo se exporta al resto de la capital aprovechando el pretexto perfecto: el Mundial de 2026.

Entonces aparecen las jornadas exprés de pintura, los retoques cosméticos, las fachadas maquilladas y las obras de relumbrón. La lógica es sencilla: si el mundo va a mirar a la ciudad, primero hay que pintarla del color del régimen. Que cada avenida grite quién gobierna. Que cada poste tenga identidad partidista aunque oficialmente digan que no.

Porque aquí ya nadie distingue entre imagen institucional y propaganda permanente.

Lo más irónico es que el violeta históricamente simboliza luchas sociales profundas, especialmente las feministas. Pero en la CDMX versión 2026 el color parece haber mutado. Ya no representa resistencia: representa control visual del espacio público.

Y mientras las cuadrillas retocan banquetas para que combinen con la narrativa oficial, la ciudad real sigue ahí: colapsada, desigual, insegura y parchada. Pero eso sí, muy coordinada cromáticamente.

La capital rumbo al Mundial no se está transformando: se está tematizando. Como si gobernar fuera decorar.

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