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Por Gustavo Infante Cuevas
Lo vivido en la T-Mobile Arena no fue una simple cartelera: fue una declaración del boxeo mexicano. Aunque el recinto no se llenó en su totalidad, lo que ocurrió arriba del ring compensó cada asiento vacío. Tres peleas, tres guerras, y una noche que difícilmente se repetirá.

La batalla entre Óscar Duarte y Ángel Fierro fue una carnicería técnica. Doce rounds de ida y vuelta, donde ambos tuvieron momentos de dominio. Fierro, que ya había fallado en la báscula, dejó dudas en su profesionalismo, pero no en su corazón. Duarte lo mandó a la lona y estuvo cerca de noquearlo, aunque la campana lo salvó. La decisión dividida generó polémica, pero la realidad es simple: pudo ser para cualquiera.
Después, Jaime Munguía dio un golpe de autoridad ante Armando Reséndiz. Inteligente, paciente y más maduro, mostró una versión renovada. Reséndiz resistió y se ganó al público, pero Munguía cerró con clase y dejó claro que está listo para cosas grandes.

Y en el cierre, David Benavidez no solo ganó: arrasó. Subió de división y aun así lució más rápido, más fuerte y más hambriento que Gilberto Ramírez. Lo superó, lo castigó y lo obligó a abandonar. ¿Codazos? Quizá. Pero lo cierto es que arriba del ring hubo un solo dueño.
Al final de la noche, el nombre de Saúl “Canelo” Álvarez volvió a aparecer en el aire. Benavidez lo llamó… otra vez. Y aunque durante mucho tiempo pareció una pelea imposible, hoy la presión es más fuerte que nunca. El público la exige, el boxeo la necesita y la historia la pide.

¿La mejor cartelera de la historia, como dijo Mauricio Sulaimán? Debate abierto. Pero en lo personal, en nueve años viniendo a Las Vegas, no he visto una noche mejor.
El boxeo mexicano sigue más vivo que nunca… y las grandes peleas, también.