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Por Ana E. Rosete
Estado lento e indiferente
Perdón, Edith.
Perdón porque no te cuidaron.
Perdón porque el Estado que presume protocolos te dejó sola.
Perdón porque la Fiscalía que debía buscarte permitió que pasaran horas, días, silencio.
Tenías 21 años. Saliste de tu casa como salen miles de mujeres todos los días: con prisa, con planes, con vida. Tu mamá se despidió de ti sin saber que ese “cuídate” era una despedida definitiva. Esa escena, tan cotidiana, es hoy una condena.
Y lo más brutal no es solo tu muerte. Es todo lo que la rodeó.
Tu familia denunció. Insistió. Buscó. Se movió donde las autoridades no se movieron. Hizo el trabajo que le correspondía al Estado. Mientras tanto, la respuesta fue la de siempre: lentitud, indiferencia, burocracia. Y en medio de ese vacío, señalamientos de corrupción que ensucian aún más lo que ya es inaceptable.
¿Dónde estaba la Fiscalía cuando te necesitaban viva? ¿Dónde estaban los protocolos “inmediatos”? ¿Dónde estaba el Estado cuando aún había tiempo?
No estaban. O más bien, no les dio la gana estar.
Y entonces vino lo de siempre: la familia bloqueando calles, gritando, exigiendo lo mínimo. Porque en este país, si no incomodas, no existes. Si no presionas, no investigan. Si no gritas, te archivan.
Eso también es violencia.
No es solo quien mata. Es quien no busca. Es quien retrasa. Es quien cobra, condiciona o simula. Es el sistema entero que convierte la desaparición en trámite y la justicia en desgaste.
Tu caso no es una excepción, Edith. Es el reflejo de un Estado rebasado o, peor, cómodo en su ineficacia. De una Fiscalía que llega cuando ya no hay nada que salvar y entonces sí, arma carpetas, da conferencias y promete justicia.
Pero la justicia que llega tarde no es justicia. Perdón, Edith, porque tu familia tuvo que convertirse en investigadora, en activista, en presión pública. Porque les arrebataron no solo tu vida, sino también el derecho a vivir el duelo en paz.
Tu historia duele porque es reconocible. Edith no solo fue víctima de un feminicidio. Fue víctima de un sistema que, otra vez, falló. Y mientras eso no cambie, la pregunta seguirá siendo la misma, dolorosa y urgente: ¿Quién sigue?