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El terror no cesa

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Por Eduardo López Betancourt

Indiferencia y el oportunismo

El mundo se vuelve cada vez más inhabitable; el terror acecha por doquier. Por un lado, se registran agresiones injustificables contra diversos pueblos y naciones árabes que, desde hace siglos, han padecido la infamia y la incomprensión. Por otro, emergen acciones provenientes de grupos que, frente a la injusticia y la persecución, han terminado por constituirse en organizaciones terroristas.

Al final de cuentas, la paz, esa condición indispensable para la convivencia humana, se vuelve una circunstancia cada vez más distante en un planeta que parece dispuesto a estallar en cualquier momento. Para desgracia de la humanidad, una hecatombe permanece al acecho.

Ante este drama, las sociedades y muchos gobernantes exhiben una actitud que oscila entre la indiferencia y el oportunismo. China, potencia del comercio mundial, se limita a observar: guarda silencio, evita pronunciarse y aparenta obtener ventaja de esta dramática coyuntura. Algo semejante ocurre con otros países altamente industrializados, como Japón, mientras Corea mantiene una postura excesivamente pasiva. Europa, por momentos, alza la voz; sin embargo, al final, decenas de economías relevantes del planeta terminan por callar, tolerando con ello la escalada de violencia, particularmente aquella generada por el País con mayor poder militar: los Estados Unidos de América. Su gobernante prometió la paz, pero los hechos desmienten sus palabras.

Rusia, por su parte, sostiene una guerra innecesaria con Ucrania, conflicto en el que sólo se perciben la obstinación y el capricho de mantener a un líder insolente, en detrimento de una nación de histórica nobleza como lo es Ucrania.

Este panorama internacional obliga a reconocer que las crisis y el sinfín de guerras locales continuarán produciendo consecuencias devastadoras. Resulta igualmente preocupante constatar que instituciones que deberían poseer autoridad moral no sólo se muestran ineficaces, sino que en ocasiones rozan la ridiculez. Tal es el caso de la ONU (Organización de las Naciones Unidas) y de numerosas entidades de similar naturaleza, que de manera eventual emiten exhortos, pero rara vez adoptan decisiones firmes.

Incluso el Papa y otros dirigentes religiosos parecen concentrados más en la liturgia que en levantar una voz enérgica de protesta frente al estado crítico en que vive la humanidad.

Urgen, por tanto, medidas decididas de los líderes y de las naciones que, en su inmensa mayoría, anhelan la paz. Sólo mediante acciones firmes y una auténtica voluntad política podrá evitarse que el miedo y la violencia continúen marcando el destino del mundo.

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