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REDACCIÓN
GRUPO CANTÓN
La noche aún no terminaba cuando el asfalto se convirtió en infierno. En el punto conocido como La Virgen, sobre la autopista México–Puebla, un estruendo metálico rompió la calma: un automóvil compacto se proyectó contra el muro de contención y quedó atravesado, reduciendo carriles y sembrando restos sobre la vía. El impacto fue seco, brutal, y apenas dio tiempo a que algunos conductores frenaran.
Minutos después, la tragedia se multiplicó. Un motociclista que avanzaba por el mismo tramo perdió el control al esquivar los escombros, derrapó y su unidad estalló en llamas. El fuego trepó de inmediato, iluminando la madrugada con destellos naranjas y negros. El olor a gasolina, caucho y metal fundido invadió el ambiente. “Pensamos que el muchacho se estaba quemando vivo, fue espantoso”, relató un testigo con la voz quebrada.
Automovilistas descendieron de sus vehículos entre gritos y rezos, mientras el tráfico quedaba paralizado rumbo a Chalco. “Esto pasa siempre y nadie hace nada, aquí no hay vigilancia ni señalamientos”, reclamó otro conductor, atrapado durante horas en el embotellamiento.
Cuerpos de emergencia llegaron para sofocar las llamas y abanderar la zona. Contra todo pronóstico, no se reportaron víctimas mortales, aunque los restos calcinados de la motocicleta y los rastros de sangre en el pavimento evidenciaron la magnitud del riesgo.
Más allá del accidente, la escena dejó al descubierto una responsabilidad política ineludible: la falta de mantenimiento, vigilancia y prevención en un tramo señalado por vecinos y usuarios como foco rojo. La carretera volvió a arder, mientras las autoridades siguen llegando tarde, cuando el fuego y el miedo ya hicieron su trabajo.
