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Un violento siniestro en un terreno ubicado en la zona de Los Ailes desató escenas de pánico, desesperación y miedo entre las familias que habitan alrededor del basurero municipal
REDACCIÓN
GRUPO CANTÓN
Lo que comenzó como una columna discreta de humo se transformó, en cuestión de minutos, en un infierno al aire libre. El terreno baldío cercano al basurero municipal de Los Ailes ardió con una furia descontrolada que cubrió de terror a las familias de Cuautitlán Izcalli. El fuego se expandió como una bestia hambrienta, devorando maleza seca, basura acumulada y todo lo que encontraba a su paso, mientras el cielo se teñía de gris oscuro y el aire se volvía prácticamente irrespirable.
Los vecinos salieron de sus casas entre gritos, lágrimas y rezos improvisados. “Sentí que el fuego nos iba a alcanzar, el humo entraba a la casa y los niños no paraban de toser… parecía que el mundo se estaba quemando”, contó María Hernández, aún con los ojos rojos y el rostro tiznado por el hollín. Otro residente, don Eusebio Cortés, describió la escena con crudeza: “Era una muralla de fuego, se escuchaba el crujir de la tierra y el estallido de basura quemándose. Nadie sabía si iba a detenerse”.
Las sirenas rompieron el caos. Bomberos y personal de Protección Civil arribaron de inmediato y se enfrentaron a un monstruo de fuego que amenazaba con cruzar hacia las viviendas. El calor era insoportable; las llamas, indomables; el peligro, latente. Con mangueras, herramientas y una férrea determinación, los rescatistas trazaron líneas de contención, abrieron brechas y atacaron los puntos más críticos hasta lograr, tras una intensa y angustiante labor, comenzar a dominar el siniestro.
Las autoridades confirmaron que no hubo lesionados ni pérdidas humanas. Sin embargo, lo que quedó fue un paisaje desolador: tierra ennegrecida, restos calcinados y el eco del miedo todavía vibrando en las colonias aledañas. La causa apunta, nuevamente, a la irresponsable quema de desechos y al abandono criminal de estos espacios convertidos en basureros improvisados.
Mientras el humo se disipaba, quedó una certeza amarga entre los habitantes: no fue solo un incendio, fue otra advertencia ignorada. Una tragedia anunciada que pudo terminar en desastre mayor y que deja una herida abierta en la confianza y tranquilidad de las familias de Izcalli.
