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Las finanzas de Jesús

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Por Pedro Linares Manuel

Jesús nació en Belén, en un pesebre, pero fue recibido con regalos de alto valor económico: oro, incienso y mirra (Mateo 2:11).

Desde su nacimiento, su misión fue reconocida con ofrendas dignas de un rey. No nació en ruina, sino en un contexto de provisión simbólica y material. Su familia huyó a Egipto con recursos que les permitieron subsistir en tierra extranjera. Creció en el hogar de José, un tekton, carpintero, constructor. Desde joven supo trabajar, producir y valorar el esfuerzo. Conocía el valor del salario, del comercio y del intercambio justo.

No predicó contra la riqueza, sino contra el apego. Vestía una túnica sin costura, prenda cara tejida de una sola pieza (Juan 19:23), lo que muestra orden y dignidad. No era ostentoso, pero tampoco indigente. Organizaba una bolsa común, aceptaba donativos, y era sostenido por mujeres con recursos como Juana (Lucas 8:3).

Pagó impuestos con una moneda hallada en un pez (Mateo 17:27), mostrando autoridad sobre lo natural y el dinero. En el templo, defendió la pureza económica y espiritual, expulsando a los mercaderes por corromper lo sagrado (Mateo 21:12).

Multiplicó panes y peces como signo de abundancia divina. No lucró con milagros, pero los usó para resolver necesidades económicas y sociales. Habló del valor del ahorro (Lucas 14:28-30), del talento invertido (Mateo 25), del pago justo al obrero (Mateo 20), del perdón de deudas (Mateo 18) y del peligro del joven rico atado a sus bienes (Marcos 10:22).

En contraste, Zaqueo, también hombre adinerado, abrió su casa y su corazón; prometió devolver lo robado y compartir su riqueza. Jesús no lo mandó a empobrecerse, lo abrazó con gozo, diciendo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa” (Lucas 19:9).

Su dinero no fue obstáculo, porque su corazón fue libre. Resucitado, venció la muerte y se apareció victorioso a sus discípulos. No trajo oro ni ejércitos, sino pan y vino: símbolos eternos de provisión y sustento espiritual. Comió con ellos, reafirmando que su cuerpo es alimento, y su sangre, pacto de vida abundante. Mostró que la riqueza verdadera no está en acumular, sino en compartir lo esencial con amor.

Al ascender, no dejó cofres ni herencias materiales, sino una fuerza de voluntad viva guiada por el Espíritu, donde nadie tenía necesidad, y todo se compartía con gozo y fe (Hechos 2:44-47). Su legado fue una nueva forma de riqueza de tipo espiritual, dar más allá de lo material dijo: “Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón.” — Mateo 6:21

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