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Atlixco se lució, pero olvidó a los suyos

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Por Ana E. Rosete

Mi pueblito del alma, Atlixco, se vistió de fiesta. Las catrinas gigantes volvieron a convertirse en protagonistas, las calles se llenaron de visitantes y las fotografías para las redes sociales no faltaron. La experiencia es bonita, hay que reconocerlo. El pueblo tiene una estampa envidiable, una oferta turística que merece presumirse y una tradición que atrae miradas de todas partes. Perooooo… entre tanta celebración hay algo que comienza a incomodar: el turista mexicano parece haberse convertido en el invitado de segunda.

Y es que cuando llegan las multitudes, pareciera que la prioridad es atender al visitante extranjero, al que viene de fuera con otra cartera y otras posibilidades de consumo. Mientras tanto, se pierde de vista que buena parte de quienes mantienen viva la economía de Atlixco durante el resto del año son precisamente los turistas nacionales, esos que regresan en vacaciones, fines de semana, puentes y temporadas festivas; los que consumen en los restaurantes, compran en los negocios familiares y recomiendan el destino.

Qué curioso que cuando se trata de presumir la derrama económica, todos los visitantes cuentan, pero cuando toca repartir atenciones, facilidades y servicios, no siempre reciben el mismo trato. Bien dice mi abuelo, en Atlixco se queda mucho dinero, pero gran parte es del mismo mexicano.

Atlixco no necesita despreciar a los extranjeros para recibirlos bien. Al contrario, la hospitalidad debe ser para todos. Lo que tampoco puede hacer es construir una experiencia turística que termine desplazando a quienes han sostenido su atractivo durante años.

Porque detrás de cada fotografía de una catrina monumental también hay familias mexicanas que hicieron el viaje, pagaron transporte, buscaron dónde comer y gastaron sus ahorros para disfrutar un día en el Pueblo Mágico.

Y sí, qué bonitas las catrinas, qué bonito Atlixco y qué orgullo que mi pueblito sea referente turístico. Pero el éxito no debería medirse solamente por cuántas personas llegan ni por cuántas fotografías se viralizan. También tendría que medirse por cómo se trata a quienes visitan, por la derrama que realmente llega a los negocios locales y por la capacidad de recibir sin discriminar.

Que no se les olvide: el turismo nacional no es relleno para las temporadas bajas ni público de segunda cuando llegan los extranjeros.

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