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Por Eduardo López Betancourt
Tengo innumerables motivos para agradecer a Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. Su partida me ha provocado angustia, dolor y una profunda sensación de desamparo; me siento envuelto en una soledad dramática y áspera; sin embargo, los recuerdos de momentos intensos y de grandes satisfacciones me permiten conservar la esperanza y el afecto que siempre nos unieron.
Durante más de 25 años fui perseguido por Alejandro Gertz Manero, personaje al que atribuyo una profunda perversidad y corrupción. Esa persecución no ha terminado. Su episodio más reciente consistió en fabricar una acusación penal misma que, utilizando todo el poder de la Fiscalía, convirtió en escándalo nacional. Se me imputaron conductas infamantes sin presentar una sola prueba ni testigos. Conocemos bien esos métodos y el abuso de poder que los hizo posibles.
En medio de aquella infamia, Cuauhtémoc permaneció siempre a mi lado; supo moderar mi desesperación y ofrecerme una fraternidad invaluable; su presencia fue decisiva para enfrentar la adversidad y sostener mi convicción de demostrar mi inocencia. Otros, en cambio, como gamos, apenas surgió la acusación, “corrieron” y me abandonaron; también lo hicieron altos funcionarios, particularmente de la UNAM, muchos de los cuales habían recibido mi apoyo para alcanzar sus cargos. Así es la naturaleza humana, pocos son los amigos que permanecen en las horas difíciles; Cuauhtémoc fue la excepción extraordinaria, extendió su afecto y consideración, no solamente a mí, sino también a mi familia, y nos ayudó a salir adelante.
Cuando se hizo pública mi inocencia, Cuauhtémoc encabezó, con orgullo, el acto de reconocimiento; lo acompañaron entrañables amigos como Ricardo Monreal Ávila, Héctor Astudillo Flores, los generales Arturo Cardona Marino y Octavio Ruiz Speare, además de muchas otras personas solidarias; pero la figura central fue Cuauhtémoc, mostrando sin cortapisa su cariño, hermandad y lealtad inquebrantables.
Cuauhtémoc se ha ido, pero su pensamiento, ejemplo y generosidad permanecerán. Mi familia y yo le guardamos una gratitud eterna.
¡GRACIAS, HERMANO MAYOR!