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El duelo que Quadri no respeta 

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Por Ana E. Rosete

Hay políticos que no encuentran la manera de hacerse presentes en la conversación pública si no es provocando. Y hay momentos en los que esa necesidad de protagonismo termina por exhibir los límites de la discusión política. Gabriel Quadri parece haber encontrado en la muerte de Cuauhtémoc Cárdenas una oportunidad para volver a colocarse bajo los reflectores, aunque para conseguirlo tuviera que pasar por encima del duelo de una familia.

Apenas se confirmó el fallecimiento del ingeniero cuando el exdiputado publicó un largo inventario de descalificaciones. Que si fue un mediocre, que si su único mérito fue ser hijo de Lázaro Cárdenas, que si no tuvo propuestas, que si fue cómplice de López Obrador y hasta corresponsable de los resultados de la Cuarta Transformación. No hubo una pausa, una consideración por quienes acababan de perder a un padre, abuelo y referente familiar. La crítica política, al parecer, no conoce de luto cuando se trata de ganar unos minutos de atención.

Y que no se confunda: Cuauhtémoc Cárdenas fue un personaje público, su trayectoria está abierta al escrutinio y su desempeño puede discutirse, cuestionarse y analizarse. Su relación con López Obrador, sus diferencias con Morena, su paso por la Jefatura de Gobierno y su papel en Pemex no están exentos de debate. Pero una cosa es revisar su expediente político y otra muy distinta utilizar el día de su muerte para lanzar una andanada de ataques personales.

Además, reducir su trayectoria a ser hijo del general Lázaro Cárdenas es ignorar deliberadamente que encabezó la Corriente Democrática, rompió con el PRI, participó en la fundación del PRD, contendió tres veces por la Presidencia y se convirtió en el primer jefe de Gobierno del Distrito Federal elegido por voto popular. Se puede disentir de sus decisiones, pero borrar esos episodios no convierte una opinión en historia.

La pregunta para Quadri es inevitable: ¿era indispensable publicar ese ajuste de cuentas precisamente cuando sus familiares estaban enfrentando la pérdida? ¿No había otro día para cuestionar su legado? ¿Qué urgencia política justificaba convertir el duelo ajeno en escenario para una provocación?

La libertad de expresión también implica hacerse responsable del momento y el contexto en que se ejerce. Nadie está obligado a rendir homenajes ni a compartir la admiración que otros sienten por Cárdenas. Pero tampoco todo lo que puede decirse necesita decirse en el instante en que una familia despide a uno de los suyos.

La política mexicana tiene suficientes diferencias, agravios y cuentas pendientes. Lo que no necesita es que la muerte se convierta en otro ring para alimentar disputas partidistas. Porque el legado de un político puede discutirse incluso después de su muerte. Lo que no debería ponerse en pausa es la consideración por quienes están de luto. Y cuando la necesidad de intervenir en la conversación pública no permite esperar ni siquiera a que termine un funeral, la discusión deja de ser sobre el personaje fallecido y comienza a ser sobre quien eligió ese momento para hablar.

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