34 lecturas
Por Eduardo López Betancourt
Brasil es el país más grande de Sudamérica y el más poblado de la región, con más de 214 millones de habitantes, sus elecciones no solo definen su futuro interno, sino repercuten en todo el continente. La reciente contienda electoral en dicha nación fue histórica por la estrechez de sus resultados. Lula da Silva, quien iniciará su cuarto mandato no consecutivo, volvió a imponerse en una disputa que exhibió a un pueblo dividido.
Carismático para unos, cuestionado por otros, Lula sigue siendo una de las figuras más persistentes en la política brasileña. En la primera vuelta, Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, obtuvo la más alta votación, sin alcanzar la mayoría necesaria para ganar. En la segunda, Lula remontó y triunfó con 51.79 por ciento de votos válidos, frente al 48.21 de su adversario. La diferencia fue poco más de cuatro millones de sufragios, una victoria legítima, misma que confirma la fuerza de una oposición respaldada por sinnúmero de ciudadanos.
Flávio Bolsonaro no es alguien improvisado, heredó un apellido y una base electoral identificada con la derecha conservadora. Sin embargo, la confrontación entre el “Bolsonarismo” y el “Lulismo” ha rebasado el debate sobre programas sociales, seguridad e impuestos. Los agravios personales y la desconfianza, han profundizado divisiones entre familias, sindicatos, iglesias y comunidades.
La situación judicial de Jair Bolsonaro añade tensión a este escenario, sus seguidores consideran que las acciones legales en su contra tienen motivaciones políticas; otros defienden que las instituciones deben investigar y juzgar conforme a derecho. Lo fundamental, es que la justicia actúe con independencia, pruebas y garantías, sin convertirse en instrumento de revancha. Brasil requiere superar esta confrontación permanente, ninguna democracia puede prosperar si cada comicio se transforma en una lucha para destruir al adversario.
Lula tendrá que gobernar para todos, incluidos quienes votaron en su contra, mientras la oposición deberá ejercer su función dentro de las reglas democráticas. El desafío brasileño no consiste únicamente en ganar sufragios, sino recuperar la confianza, reducir la polarización y demostrar que la democracia está por encima de cualquier apellido o ambición personal.