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Por Eduardo López Betancourt
La corrupción en las aduanas mexicanas constituye uno de los problemas más antiguos y preocupantes del país, por ellas entra y sale buena parte del patrimonio nacional, pero durante décadas han sido utilizadas como espacios de contrabando, evasión fiscal y enriquecimiento ilícito.
Por años, los cargos aduaneros fueron codiciados por mandatarios que encontraron en ellos una vía rápida para acumular fortunas; ante ese saqueo, se decidió entregar las aduanas a la Marina, bajo la premisa que su disciplina y verticalidad garantizarían honestidad; sin embargo, los resultados no son los esperados. Oprobiosos señalamientos de inmoralidad han alcanzado a integrantes de alto nivel de esa institución, así como a personas de su entorno.
El caso del “huachicol fiscal” es ilustrativo; la introducción de hidrocarburos sin pagar los impuestos correspondientes revela graves fallas de vigilancia y posibles complicidades dentro del sistema aduanero. No son simples errores administrativos, sino prácticas que perjudican las finanzas públicas.
Pero también existe una contrariedad cotidiano que afecta directamente a los viajeros; en las terminales 1 y 2 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, las revisiones pueden convertirse en experiencias humillantes; bajo la lógica de la sospecha permanente, el turista parece culpable antes de demostrar lo contrario; quienes portan joyas u otros artículos de uso personal, es muy probable que enfrenten inspecciones excesivas, realizadas por personal que, en ocasiones, demuestra desconocimiento de la legislación y de los derechos del pasajero. La situación tampoco mejora en trámites especializados, como el ingreso de animales de compañía, donde se advierten deficiencias de preparación y dificultades para completar documentos básicos.
¿Por qué ofrecer esa imagen? Nuestra patria cuenta con jóvenes competentes, egresados de universidades públicas y privadas, idóneos para desempeñar estas responsabilidades con profesionalismo. México no debe gobernarse repartiendo plazas laborales por compromisos políticos, sino colocando a gente capaz en los puestos adecuados. Necesitamos aduanas honestas, eficientes y respetuosas, que combatan el alijo, cobren los gravámenes debidos y traten dignamente a quienes cruzan sus puertas. La aduana debe servir a la nación, no transformarse en negocio de unos cuantos.