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Por Eduardo López Betancourt
Con toda la razón que les asiste, los trabajadores exigen mejores condiciones laborales; no se trata de un capricho ni de moda pasajera, es un reclamo de justicia que la sociedad debe escuchar y respaldar.
Entre sus requerimientos, destaca el derecho a un salario digno que permita vivir sin angustias, acceder a una vivienda decorosa, garantizar la educación de los hijos y atender la salud de sus familias. No puede haber paz ni desarrollo, cuando quienes producen la riqueza no viven apropiadamente. Un país no se construye precarizando a sus trabajadores, sino reconociendo el valor de su esfuerzo.
Resulta indispensable exigir jornadas sensatas, respeto a las ocho horas de trabajo, pago de horas extras, seguridad social, vacaciones, descanso efectivo y contratos estables que avalen antigüedad y prestaciones, a ello se suman: un trato humano, la protección contra el acoso y libertad sindical, sin represalias por organizarse o salvaguardar lo que les corresponde.
No obstante, estas demandas justificadas deben expresarse dentro del marco normativo y sin afectar a terceros. La fuerza del movimiento en cita radica también en el apoyo ciudadano, bloquear las vías de comunicación, cada vez con mayor frecuencia, invariablemente genera una presión inmediata, pero análogamente provoca el efecto contrario, como desgastar la solidaridad de la gente.
Obreros, maestros, enfermeros y campesinos no luchan para perjudicar a nadie, ni para que alguien pierda su sueldo por no llegar a su empleo, lo hacen por una sociedad más justa, en la que todos tengan oportunidades y condiciones de vida óptimas.
Existen rutas legítimas y eficaces para ser oído: huelgas conforme a la ley, concentraciones en plazas públicas, mítines frente a las dependencias responsables, campañas informativas y paros legalmente procedentes. Estas acciones demuestran organización, firmeza y compromiso.
Hoy más que nunca, la ciudadanía debe solidarizarse con los trabajadores; defender sus derechos no significa favorecer a un sector por encima de los demás, sino admitir que la dignidad laboral es imprescindible para el bienestar colectivo. Cuando el trabajador gana, también lo hace su familia y el país entero.