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Por Ana E. Rosete
Los informes de gobierno suelen ser una pasarela de cifras, promesas y aplausos. El de Clara Brugada tuvo un ingrediente adicional: gritos, reclamos y una oposición empeñada en recordarle que gobernar la Ciudad de México no es lo mismo que recorrerla con discurso en mano.
La jefa de Gobierno presentó resultados y defendió el rumbo de su administración, pero la sesión estuvo lejos de ser tersa. Seguridad, obras públicas y despojos se convirtieron en munición política para los legisladores opositores. El PAN cuestionó la transformación y el PRI puso sobre la mesa las críticas por la intolerancia frente a las protestas del personal médico. Así, entre acusaciones y réplicas, la rendición de cuentas quedó atrapada en la batalla por imponer una narrativa.
Brugada respondió defendiendo su gestión y lanzó una declaración que merece atención: prometió que no habrá intervención gubernamental en las elecciones intermedias.
En una capital donde Morena conserva una posición política relevante, la afirmación no debería quedarse en una frase para el registro parlamentario. La garantía de equidad electoral se demuestra con hechos, reglas claras y respeto a quienes compiten desde otras trincheras.
Ahora bien, tampoco confundamos oposición con estridencia. Cuestionar al gobierno es indispensable en democracia; convertir cada espacio institucional en un ring puede terminar debilitando las denuncias que sí merecen atención. Pero la responsabilidad no es exclusiva de quienes gritan. Un gobierno que presume transformación debe tener la piel suficiente para escuchar preguntas incómodas y responderlas con datos, no solamente con defensas políticas.
Clara tiene frente a sí una ciudad que no se gobierna desde el templete. La seguridad, los servicios públicos, la movilidad y el acceso a una vivienda digna pesan más en la vida cotidiana que cualquier intercambio de descalificaciones. Ahí es donde sus promesas deben convertirse en resultados verificables.
El informe terminó, pero la evaluación apenas comienza. La oposición buscará capitalizar cada tropiezo y el oficialismo defenderá sus avances. Es parte del juego político. Lo que no debería serlo es confundir el ruido con rendición de cuentas.
Porque los aplausos duran unos minutos, los reclamos pueden ocupar una sesión entera, pero las consecuencias de gobernar se quedan todos los días en las calles. Y ahí, ninguna consigna sustituye a los resultados.
