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GUSTAVO INFANTE CUEVAS
El boxeo no tiene palabra de honor y Sergio “Yoreme” Mendoza acaba de demostrarlo. Llegó como reemplazo, sin los reflectores del campeón y con una derrota por nocaut en su pelea anterior. Pero en Chicago encontró la oportunidad de su vida: noqueó a Ricardo “El Niño” Sandoval en cinco asaltos y conquistó los títulos mundiales mosca del CMB y la AMB.
Sandoval llegaba como campeón unificado, respaldado por siete victorias consecutivas y con la confianza de quien había destronado a Kenshiro Teraji. Sin embargo, se encontró con un rival zurdo, poderoso y dispuesto a cambiar su destino a golpes.

La pelea dio un giro brutal en el segundo asalto, cuando Mendoza mandó dos veces a la lona al monarca. Sandoval intentó recuperarse, resistió y buscó responder, pero la pegada del sonorense terminó imponiéndose. En el quinto episodio, un gancho de derecha provocó la tercera caída y un golpe al hígado selló la intervención del réferi.
La historia de Yoreme es todavía más impactante: seis meses después de sufrir su primera derrota profesional, pasó de la incertidumbre a convertirse en campeón unificado. Sus 23 nocauts previos ya advertían sobre su potencia; ahora, el mundo entero conoce su nombre.

Pero detrás de los cinturones hubo lágrimas. Mendoza dedicó la victoria a su hermano, fallecido meses atrás, y recordó los sacrificios que lo llevaron hasta la cima.
Sandoval perdió dos campeonatos en una noche. Mendoza ganó mucho más que dos cinturones: conquistó su lugar en la élite. Porque en el boxeo, una oportunidad puede cambiarlo todo, y Yoreme convirtió una sustitución de última hora en una noche histórica.
