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Por Eduardo López Betancourt
La historia del comunismo no es la de una idea abstracta, sino de cómo se concentra y secuestra el poder.
Todo comenzó en 1917 con Lenin, prometió «todo el poder para los soviets» y terminó concentrándolo en el Partido. Trotsky y Rosa Luxemburgo advirtieron del peligro: cuando un solo partido se proclama vanguardia del pueblo, la democracia deja de existir. Stalin perfeccionó el modelo y, después de 1945, este se exportó a otros países.
El patrón se repite. En una democracia, el Estado limita al partido; en el sistema comunista ocurre lo contrario: el Partido se coloca por encima de las instituciones. Si la Constitución lo define como «fuerza dirigente de la sociedad», ninguna elección, tribunal o ley puede contradecirlo.
Cuando el jefe del Estado, del gobierno, del partido y de las Fuerzas Armadas es la misma persona, desaparecen los contrapesos. En China, Xi Jinping reúne la Secretaría General del Partido Comunista, la Presidencia de la República y la jefatura de la Comisión Militar. En Cuba, Miguel Díaz-Canel encabeza el Partido y el Estado. Vietnam y Laos mantienen estructuras semejantes. Cuando el partido controla al Estado, la oposición pierde espacio, la prensa deja de ser libre y la alternancia se vuelve imposible.
El problema del comunismo no está solamente en su teoría económica, sino en sus consecuencias políticas y sociales:
- Destruye la democracia: concentra el poder y elimina la posibilidad real de alternancia.
- Deforma la economía: al sustituir la competencia y la propiedad privada por el control estatal, genera escasez, corrupción, mercados clandestinos y éxodo.
- Limita la libertad: la disidencia se convierte en delito político, la información es controlada y la crítica puede ser tratada como traición.
La historia de la URSS y la realidad de países como Cuba, muestran el costo de concentrar el poder político y económico.
El comunismo no fracasó simplemente porque se aplicara mal, sino porque, cuando se elimina la democracia para imponer una supuesta igualdad, se terminan perdiendo ambas: ni democracia ni igualdad, sino concentración del poder, censura y pobreza.
